Nos sitúa el evangelio de este domingo en el discurso misionero de Jesús. Él sabe que el camino de fe que sus discípulos han de recorrer no va a ser fácil; estará marcado por la persecución. En este contexto, sus palabras son una invitación a la confianza y a la valentía en momentos difíciles. Por tres veces el Señor repite la expresión «no temáis», expresión que en el AT se usa frecuentemente para expresar que no se está solo en el camino de la fe, que ciertamente el Señor camina con nosotros.

Sin duda, se trata de un evangelio que adquiere actualidad en un momento como el que nos toca vivir, en el cual, no solo experimentamos indiferencia ante la fe, sino incluso rechazo y hasta hostilidad. Es fácil, en una situación así, sucumbir a dos posibles tentaciones: una es la de la desesperanza, haber perdido la confianza en la eficacia del evangelio y en la fuerza de la gracia. La otra tentación es el miedo a arriesgar. Cuando lo que buscamos es la propia seguridad, la fe correr el riesgo de entrar en hibernación. La superación del miedo no es solo cosa de buena voluntad, si no de confianza. Necesitamos, antes que nada la fe, como fuerza para seguir caminando.

El que hoy no se valore tanto nuestra presencia en medio de la sociedad, no tiene por qué ser una mala señal. De hecho, Jesús nos invita a mirar su vida para descubrir que la obediencia a Dios, en muchas ocasiones, acarrea el rechazo. Así le sucedió a él en su vida, ¿por qué sus discípulos queremos recorrer un camino más cómodo? él ya nos lo advierte, «un discípulo no es más que su maestro» (Mt 10,24).

Pero no solo se nos invita a no temer y confiar, sino que además nos da las razones en las que se apoya esa confianza. La primera es la fuerza del mismo evangelio que anunciamos. Es una buena noticia portadora de sentido y salvación. Por tanto, hay que anunciarlo en todas las “azoteas”, esto es, en todos los foros, y no solo en aquellos en los que nos sentimos valorados. La segunda razón que da Jesús es la entereza interior de los evangelizadores. Si tienen fe y confianza nada los podrá retener, nada podrá encadenar su libertad y su vida. La tercera razón, y las más decisiva, es la providencia de Dios. Es la confianza total en que Dios es Padre, y acompaña nuestra historia, la que hace posible la fuerza frente al miedo.

Decía San Juan de la Cruz que a la tarde nos examinarán en el amor. Podemos parafrasearlo diciendo que “a la tarde también nos examinarán en el testimonio”. Las últimas palabras del evangelio de hoy, que aluden al juicio, quieren dar realce a nuestro testimonio en el día a día: «Al que me reconozca ante la gente yo lo reconoceré ante el Padre». Los discípulos que hayan gastado su vida por Jesús y su evangelio escucharán la fidelidad del Señor en favor suyo. Lejos de ser un reproche, esta afirmación le da una fuerza y un valor sin igual a nuestra fidelidad en la misión.

 

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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