CAMINAR EN LA ESPERANZA

Manuel Antonio Menchón

El nuevo año litúrgico que iniciamos es un regalo de Dios para que seamos capaces de ir  superándonos, como nos pide el profeta Isaías: “¡…en marcha! Caminemos a la luz del Señor.” Porque el  conformismo y la monotonía rutinaria  chocan con el proyecto de vida que quiere el Señor.  

El Adviento no es solo el  tiempo de espera en la venida del Señor en Navidad, en la que haremos una mirada al pasado, recordando  la venida histórica de Jesús, allá en Belén de Judá, según la tradición bíblica. Porque es  también tiempo de esperanza activa en el presente.  Las venidas del Señor no pueden estar sometidas exclusivamente a unas fechas litúrgicas que la Iglesia señale. El Señor sale al encuentro de muchas maneras: el está presente en su Iglesia, en los hermanos  de la comunidad cristiana, en los pobres en quienes quiere ser servido… Así la esperanza, se vuelve deseo de encontrar al Señor, que está a la mano. Por eso Jesucristo nos dice: “velad, pues, en todo tiempo y orad”.

Y es también  tiempo para avivar la esperanza en un final feliz para  la historia personal y la historia de la humanidad. Las promesas de Dios son firmes.   No podemos vivir sin esa esperanza, que es un surtidor inapreciable  de vitalidad. Hasta un enfermo se deja morir, si deja de tomar la medicina de la esperanza.  El que espera que su esfuerzo en el sendero merece la pena por la meta feliz que ansía, camina, pero el que pierde toda esperanza, como si se le paralizaran las piernas,  permanece recostado en la cuneta.

No es fácil hacer el camino de la vida con esperanza, porque nos viene el desaliento cuando surgen las dificultades.. Nos sentimos incapaces frente a la maldad humana, frente a los poderosos que manejan la historia, la economía y los medios de comunicación. Nuestro mundo es el imperio del mas fuerte  Nos enfrentamos enfrenta  a una cultura marcada por un escepticismo, que se ríe de la fe y de sus promesas de un futuro mejor y eterno.  Eso puede arrastrarnos al “carpe diem” de esconderse en el presente y conformarnos con  terminar bien cada jornada, que con eso ya es más que suficiente…

Pues “en este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana”, nos decía Juan Pablo II.  Y tenemos motivos para ello. Porque nuestra esperanza es el amor de Dios ya que en él nuestra vida está en buenas manos.  Nuestra esperanza es el Señor Jesús, porque el camina a nuestro lado y ha vencido el mal del mundo Nuestra esperanza se fundamenta en el  Espíritu Santo. Él es la fuerza derramada en nuestros corazones, él viene en ayuda de nuestra flaqueza.

Pero hay también otras razones horizontales para la esperanza: La conciencia  de muchos hombres de hoy día que esperan y exigen un cambio, un nuevo orden planetario, porque “otro mundo es posible”; la corriente social en defensa de la paz y la justicia; el incremento, día a día, del número d voluntarios movidos por las  ráfagas de la solidaridad, intentando humanizar la tan cacareada  globalización.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

Pin It

BANNER01

728x90