Escuchamos frecuentemente que no es fácil vivir en comunidad. Ni lo es ahora, ni lo fue en los comienzos de la vida de la iglesia primitiva. Es algo que podemos deducir de la lectura del evangelio de este domingo, que está situado en el discurso de Jesús sobre la comunidad. San Mateo no idealiza su comunidad, no nos habla de una comunidad “perfecta”, sino de una concreta, en la que también existen diversos grupos, tensiones y dificultades en la convivencia. Y en este marco tan real, nos recuerda la enseñanza de Jesús, insistiendo en el cuidado al hermano y el perdón como norma básica de convivencia.

Jesús les ha expuesto un problema, y es que algunos miembros de la comunidad se han visto escandalizados en su fe por el pecado de otros hermanos. Entonces, ¿qué sucede con el hermano que con su pecado ha escandalizado a aquellos otros más pequeños? Ciertamente es un problema. Y el evangelio, una vez, nos propone el amor como el criterio que conduce la vida cristiana. Hablamos de la corrección fraterna. Y no es una tarea fácil. Si hemos de ser sinceros, no siempre se tiene la lealtad de hablar primero con el hermano. Las chismorrerías inútiles, las insinuaciones, los juicios e incluso las condenas son, frecuentemente, las primeras reacciones. Tampoco es fácil aceptar que nos corrijan desde fuera, sin vernos heridos en nuestro orgullo y suficiencia.

La corrección fraterna nos dice que existe una corresponsabilidad en el camino de la fe. Y que, cuando hablamos de corresponsabilidad, estamos afirmando que la mayor responsabilidad que tenemos como miembros de una comunidad no es solo organizar y participar en el funcionamiento de una estructura, sino la de cuidar al hermano. En esto es necesario tener mucho cuidado, no sea que esta tarea de “cuidar” a otros nos lleve a la situación de no tener los ojos abiertos sobre nosotros mismos.

No se trata de “hacer sonar la trompeta” (Os 8,1), no se busca acusar, sino devolver el aliento al hermano. Por eso, quien ayuda, necesita purificar una y otra vez su mirada desde la oración y el evangelio. De ahí que se termine insistiendo en la necesidad de la oración y en la certeza de ser escuchado. Con nuestro servicio, no solo realizamos una tarea humana, sino que somos continuadores de la obra de Jesús. Es verdad que a veces podemos dar más de sí como comunidad, pero es igualmente cierto que toda comunidad puede ser ocasión de crecer, celebrar y vivir la fe. Nuestra tibieza no impide que sean ciertas hoy aquellas palabras de Jesús, “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, en medio estoy yo”.

Como decía San Agustín «Quien te ha ofendido, con su ofensa se ha producido a sí mismo una herida grande ¿y tú no te preocupas de su herida? Te debes olvidar de la ofensa que has recibido, pero no de la herida de tu hermano» (Discursos, 82,7). Si te hace caso has salvado a tu hermano, dice el Señor. Este es el premio.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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