El evangelio de hoy es la continuación del que escuchábamos el domingo pasado. Entonces Jesús exhortaba a dejar que sean el amor y el perdón los que guíen la vida en comunidad. Hoy, el apóstol Pedro personaliza hablando de uno que lo podía haber ofendido. Él sabe que tiene que perdonar, pero ¿hasta dónde? ¿hay límites? Jesús no le habla de siete veces, sino de «setenta veces siete», una multiplicación que no da por resultado una cifra, sino un modo de vivir. Un perdón ilimitado en las veces que hemos de perdonar, y también a las personas a las que hemos de perdonar. El perdón no puede ser nunca selectivo.

Pedro, al menos, se plantea el problema. Intuye que hay cierta oposición entre ser discípulo del Señor y negarse a perdonar. Hoy, por el contrario, parece que hemos logrado hacer compatible ambos extremos. A lo máximo, perdonamos, pero no olvidamos. Y lo vemos normal. Y una vez más nos encontramos con un evangelio algo incómodo, que nos recuerda que perdonar no debe ser algo extraordinario, sino que entra en la vida ordinaria del creyente.

Para grabar bien en la mente de sus discípulos esta enseñanza la ilustra con una parábola, donde se contrapone la actitud del rey con la de unos de sus siervos. En la parábola todo es desproporcionado. Primero, las dos deudas, una inmensa, la otra insignificante. Segundo, las dos reacciones, mientras el siervo no perdona, el rey se muestra generoso: «sintió compasión y le perdonó la deuda». Es la misma expresión que va a utilizar San Lucas en la parábola del hijo prodigo para describir el corazón de Dios. La parábola no nos habla de un rey cualquiera, sino de Dios mismo que actúa con misericordia.

No es nuestro perdón el que nos hace merecer el perdón de Dios; Él ya nos ha perdonado en su Hijo. No es nuestro perdón una condición para el perdón de Dios, sino más bien una consecuencia. Pero si no perdonamos, este perdón de Dios no nos vale, porque nuestra falta de misericordia significa que no lo hemos aceptado. Mientras no seamos conscientes de que hemos sido perdonados, y queramos apoyar en nuestras solas fuerzas la capacidad de perdonar, caeremos una y otra vez. Es frecuente escuchar «no me corresponde dar a mí el primer paso», y olvidamos que el primer paso ya lo dio Dios.

Es la parábola de hoy, pues, una bella explicación de labios de Jesús a la petición del perdón del padrenuestro. Perdonar no significa ignorar, ni es una actitud de débiles; significa, a imagen del amor de Dios, querer superar el mal con el bien que hacemos. Perdonar es un gesto, que se apoya en el perdón de Dios, que cambia las relaciones entre las personas y que hace que uno se planteé si es posible una convivencia nueva basada en unos valores distintos. Imagino que en los oídos de quienes escucharon la parábola de labios del mismo Señor quedaría resonado aquella pregunta del rey: «¿no era tu deber tener también compasión de tu compañero como yo la tuve de ti?»

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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