El evangelio nos relata frecuentemente como las autoridades cuestionaban la enseñanza de Jesús amparándose en cómo vivía. Este domingo, una vez más, encontramos una respuesta a quienes le acusaban de comer con pecadores y marginados. Y les responde proponiéndoles que miren la situación desde otra perspectiva. Considerada en sí, la parábola es muy sencilla. En ella aparecen dos grupos de personas, unos cumplidores, observantes de la ley. El otro, son lo que no observan esta ley, y ya están “juzgados”. Sin embargo, un hecho nuevo que afecta a todos, como es la figura de Juan el Bautista, cambia la situación. Su predicación constituye una invitación a trabajar en la viña, a cambiar, pues Dios está cerca. Y ahora los papeles se invierten, tenemos un «sí» que se convierte en «no», y un «no» que se transforma en «sí».

Jesús viene a decirles: Vosotros, los que dirigís al pueblo, dijisteis sí a Dios al aceptar la ley de Moisés, pero vuestra actitud es como la del hijo que dijo sí, y luego no hizo nada. Desde el punto de vista social, su actitud es irreprochable, pero no hay espacio para un Dios que los saca de su rutina y comodidad. Mientras, los pecadores y las prostitutas son los que se abren a la acción de Dios. ¿Qué importa conocer la ley, si luego no se cumple? ¿Qué importa -dice Jesús- que un hijo diga a su padre que va a trabajar en la viña, si luego en realidad no lo hace?

Desde la distancia, nos parece evidente que son los últimos los que agradan a Dios, e incluso tachamos de hipócritas a los primeros. Pero, como toda parábola, no debemos mirarla solo desde fuera, como si no nos afectara también a nosotros. Podemos caer en la realidad de vivir una fe tibia y “académica”, que termina por instalarnos tan cómodamente, que nuestra vida no se ve afectada por nuestra relación con el Señor. Una fe convertida solo en costumbres. En cierta manera, la parábola de hoy supone un rechazo a una manera de vivir la fe hinchada de palabras, pero vacía de hechos convincentes. Es indispensable hacer la verdad y no solo conocerla, entre otras cosas, porque si no la llevamos a la vida es que seguramente no la conocemos. Evidentemente a Dios le agradan los que dicen sí y hacen sí. Pero también es claro que, entre el que dice y no hace, y el que no tiene las palabras justas, pero sus acciones son convincentes, sus preferencias van más por estos.

Un test fiable sobre la autenticidad de nuestro sí nos la ofrece la segunda lectura a los filipenses. El apóstol nos exhorta a mirar a Cristo, y reproducir su humildad, su servicio, su compasión y misericordia. Eso sí, para tener entre nosotros los sentimientos de una vida en Cristo, solo hay un camino: hundir las raíces de nuestra fe en él. K. Rahner, una vez que le entrevistaron, dijo que solía repetir con asiduidad una pequeña súplica, «Dios mío, ayúdame a no contentarme con creer que soy cristiano, sino haz que llegue a serlo de verdad». Creo que de eso trata el evangelio de hoy.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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