«Había una vez un propietario que plantó una viña…». Jesús, en la parábola de hoy, una vez más recurre a la imagen de la viña, tal y como hacían muchos profetas, para referirse al pueblo de Dios. Y leída con detenimiento, cada elemento de la parábola tiene su significado. El dueño de la viña es Dios que ha puesto en ella amor y esperanza. La viña, por otra parte, es su pueblo, como decíamos. Los criados enviados a recoger los frutos son los profetas, siendo los jornaleros las autoridades y dirigentes de Israel. Es evidente que el hijo se reserva a la propia persona de Jesús. Con esta parábola el Señor coloca en el banquillo de los acusados a las autoridades religiosas, que tenían la misión de cuidar la viña y se han desentendido de ella en provecho propio, y al mismo pueblo de Israel, que se ha olvidado de Dios y no ha dado fruto.

Por los profetas Dios fue llamando a su pueblo a la salvación, y a la misma vez le daba la tarea de ser “luz” para los demás pueblos.  Pero casi todos ellos fueron rechazados, perseguidos y hasta asesinados, como el mismo Jesús expresa en el relato de la parábola, donde incluso anuncia su propia muerte. Este destino nos muestra, por un lado, el amor del Señor de la viña. Una vez agotados todos los recursos, se arriesga a jugar su última carta: voy a enviar a mi hijo. Seguramente espera una reacción positiva a tal muestra de cariño. Pero el destino no es tan afortunado, la historia la conocemos. Pero esta “ingenuidad” es fruto del amor que tiene a su viña, ¿qué más podía hacer por mi viña que no haya hecho? A pesar de tanto rechazo, no se resiste, una vez más a cuidar esa viña para que de fruto. Por otra parte, la parábola nos habla de la fidelidad del hijo, que aun a pesar del terrible destino que intuye, no se acomoda a las exigencias de los destinatarios y se mantiene fiel y obediente a la petición del dueño de la viña.

Podemos decir que no estamos ante un relato imaginario sino ante una historia real en sus rasgos fundamentales. Este fue realmente el destino de Jesús. Como último enviado de Dios a su viña, el Hijo, fue echado fuera de Jerusalén y ajusticiado a petición de ese mismo pueblo. Por eso Israel perderá su privilegio de pueblo escogido, cultivador de la viña, que se le da a otros viñadores, al nuevo pueblo que es la Iglesia, para que dé el fruto agradable a los ojos de Dios.  

Mirando hoy la viña del Señor, después de tanto tiempo, nos damos cuenta que la parábola sigue teniendo una actualidad especial en nuestra misma Iglesia. Una comunidad de hijos, cuidada por Dios, plantada en medio del mundo como testimonio del amor de Dios con la misión de ser ese faro que alumbre a toda la humanidad a encontrarse con el Señor y su salvación. Esto supone todo un reto para nosotros. Como Iglesia no podemos quedarnos encerrados, sino enviados a ser “sal y luz”, pero con esos dos criterios que veíamos en el dueño de la viña y su hijo: el amor y la fidelidad.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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