Seguimos escuchando este domingo una parábola dirigida de un modo especial a las autoridades de Israel. Es un relato que recoge, en primer lugar, la experiencia del propio Jesús, quien vio como aquellos primeros invitados rechazaron su persona y evangelio. Pero también descubrimos una segunda lectura, a saber, los invitados al banquete hoy somos nosotros, y el texto nos hace caer en la cuenta de cómo es nuestra respuesta. Leída con detenimiento, la parábola nos depara hasta cuatro sorpresas que quiero subrayar.

Un rey busca invitados para el banquete de bodas de su hijo. Desde los profetas, Israel describía la alegría de los tiempos mesiánicos como un banquete, expresión de abundancia, del compartir y la alegría, de la fraternidad y, ante todo, gratuidad. De ahí que Jesús use frecuentemente esta imagen para hablar del Reino de Dios. Con Él ha comenzado este tiempo de salvación; Él es el esposo tan esperado por el pueblo. A ese banquete, estamos todos invitados. Y aquí encontramos la primera sorpresa: Sucede que ellos declinan la invitación, se niegan a asistir, rechazando a Dios mismo que es quien invita. La negativa se debe principalmente a que los convidados tienen otras cosas que consideran más importantes y urgentes. Están tan ocupados y preocupados por mantener sus negocios y atender sus asuntos, que no tienen tiempo para Dios.

La segunda sorpresa, con todo, es que esta negativa no detiene el amor de Dios; Él sigue ofreciéndonos la salvación, a pesar de nuestras excusas y falta de acogida. Por eso vuelve a mandar a sus criados para que sigan haciendo extensible esta invitación a todos. Y dice el evangelio que la sala se llena; acudieron todos los que encontraron al borde de la vida, «malos y buenos» (Mt 22,10). Es la tercera sorpresa, que nos hace entender que la invitación es puro don de Dios, es gratuidad y no algo debido a nuestros méritos. Sorpresa que nos recuerda que la iglesia no es el espacio de los perfectos y selectos, sino el lugar de aquellos que, a pesar de la fragilidad y pecado, quieren responder a la invitación de Dios con una misión curiosa: convertirse a su vez en criados, por usar los mismos términos de la parábola, que sigan invitando a este banquete.

Finalmente, el relato nos trae una última sorpresa: Un invitado sin el traje de bodas, que el rey manda expulsar. Y es que el hecho de haber sido invitados no debe hacernos olvidar ciertas exigencias para estar en el banquete. No todas las conductas son compatibles con la fe que se quiere vivir. Ser invitados conlleva la responsabilidad de vivir conforme a la llamada recibida, de ser hombres nuevos y revestidos de Cristo, como dice el apóstol. Es, pues, este un relato que nos pone en guardia frente a la tentación de la comodidad o tibieza. Quedan excluidos, no solo aquellos que rechazan la invitación, sino también aquellos otros que, considerándola como un derecho y una posesión, no se esfuerzan por vivirla de una forma nueva, conforme al evangelio.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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