El evangelio de hoy nos enfrenta a lo que es esencial en la manera de vivir nuestra fe. Como en tantas ocasiones, todo se desencadena con una pregunta: «Maestro, ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley?» Es una pregunta que tenía sentido para una sociedad como aquella, que tenía una multitud de leyes y preceptos, 613, que regulaban la relación con Dios. Y sigue teniendo actualidad, pues es posible que hayamos “complicado” en gran manera nuestra fe con tanta teología y teoría, que, aun siendo necesaria, nos puede “distraer” de lo que es verdaderamente central. La respuesta ya la conocemos, cuando Jesús resume toda la Sagrada Escritura en el amor a Dios y al prójimo, lo que nos está enseñando es que el amor a Dios debe ser la respuesta del hombre a un Dios que nos ha amado primero.

En efecto, la respuesta de Jesús no pretende ser un primer mandamiento entre otros muchos, tal y como le preguntaban. Lo que Jesús hace es mucho más que una simplificación; es como decirnos, tenéis que ir al núcleo, a lo verdaderamente importante, Su originalidad consiste en hacernos entender que no es posible desvincular el amor de Dios del amor al hermano. Porque si separamos estos amores, hacemos trampa. Más aun, el segundo es el único criterio para saber si he observado el primero.

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser», esto es lo verdaderamente importante. Sucede, no obstante, que nos podemos quedar ahí, en la abstracción y en la generalización. Por eso Jesús nos ayuda a concretar, ¿cómo amar a Dios? y entonces, para que no nos andemos por las ramas, añade: «el segundo es semejante al primero. Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Desde entonces el amor al prójimo es un buen termómetro para comprobar como es nuestro a amor a Dios.Un amor tan intenso y de tal calidad solo puede venir de lo alto. No es fruto de un largo esfuerzo

Comentando este pasaje evangélico decía San Agustín (Sermón 68) que para que el hombre pueda vivir conforme al evangelio tenía la necesidad de tener dos alas; una primera es “amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Pero no te quedes enganchado en una única ala, porque no vas a llegar muy lejos, decía el santo. Porque si no amas a tu hermano a quien ves, ¿cómo podrás amar a Dios a quien no ves? (1Jn 4,20). Añade también esa otra ala; así podrás volar y llegar a alto.

Cuando San Juan Pablo II comenzaba su pontificado manifestaba vivamente una convicción profunda, y es que el hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión; él es el camino primero y fundamental trazado por Cristo mismo (RH 14). Y es que una iglesia que es reflejo del amor de Dios en el servicio al hombre se convierte en un testimonio de evangelización mejor que cualquier otro argumento.

 

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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