«No hacen lo que dicen». Son palabras que hemos escuchado en personas a nuestro alrededor, y que, de alguna manera, nos alertan acerca de la importancia que tiene el testimonio. Ya Jesús dirigió estas mismas palabras a todos los que, en su época, ocupaban un puesto de responsabilidad en la comunidad, y que constituyen un “toque” de atención para los discípulos de todos los tiempos. No se trata de escandalizarse porque los cristianos seamos pecadores; en efecto, basta con ser humano para experimentar la fragilidad y sentirnos necesitados del perdón. El escándalo está en la exigencia con las faltas ajenas, mientras que con nuestra vida somos tremendamente indulgentes.

Leyendo con detenimiento el evangelio de hoy encontramos hasta cuatro «vicios» que Jesús señala, y que se convierten en un faro para examinar nuestra vida. El primer vicio, como hemos señalado, es el de la incoherencia, «no hacen lo que dicen» (Mt 23,3). Con frecuencia Jesús repite que no son las palabras las que convencen, sino los hechos. Junto a lo anterior, también señala el peligro de la doble moral, «cargan fardos insoportables a la gente…» (Mt 23,4). En su tiempo, como hoy, eran comunes los largos discursos moralistas, imponiendo cargas, y luego no vivir con coherencia frente a lo enseñado.

La tercera tentación es la de la hipocresía, «todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres…» (Mt 23,5); en un momento como el que nos toca vivir, en que tanta importancia damos a la apariencia, el Señor nos alerta de quedarnos solo en la fachada, el escaparate, sin importarnos otra cosa. Para que nuestra vida sea verdaderamente un reflejo de nuestro interior, debemos ser personas de una profunda espiritualidad; de lo que rebosa el corazón es de lo que hablamos. Y este tercer vicio, rápidamente, nos conduce al de la falsa ostentación (Mt 23,6), querer reconocimientos y primeros puestos.

Frente a esto Jesús anuncia un estilo de vida “a contracorriente”, les pide a sus seguidores una lógica distinta en las relaciones con Dios y con los demás. El verdadero discípulo será aquél, que, hundiendo su vida en Cristo, se sabe hermano y servidor. Casi nada. A nadie llaméis “padre”, excepto al del cielo, y no os dejéis llamar “maestro” y “jefe”. Fuera títulos y reverencias; si algo caracteriza al cristiano, es la fraternidad que nos hace iguales ante Dios y entre nosotros. Es el gran regalo de Dios en Cristo. Y añade, «el más grande entre vosotros será vuestro servidor…» (Mt 23,12). Es el amor y el servicio lo que se debe ver en nuestra vida.

Así pues, el evangelio nos recuerda la importancia del testimonio de amor. Sin duda, hoy es necesaria, como lo ha sido siempre, la tarea de ser testigos, de hacer de la existencia el nuevo leguaje que anuncie nuestra fe. Este nuevo estilo de vida, “ser últimos”, es el que Jesús reclama frente al de los fariseos y escribas.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles 

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