Los primeros cristianos vivieron con el convencimiento de que el Señor resucitado volvería muy pronto. Pero no fue así, y poco a poco entendieron que se tendrían que preparar para la espera. Es fácil, pues, imaginar las preguntas que les surgirían: ¿Cómo mantener vivo el espíritu de los comienzos? ¿Cómo alimentar la fe sin dejar que se apague? Y recordaron esta parábola de Jesús sobre diez jóvenes, amigas de la novia, que encienden sus velas y esperan al esposo; mientras cinco de ellas eran sensatas, y se proveyeron de aceite para la espera, las necias fueron descuidadas. De esta forma el evangelio se convierte en una invitación a estar en vela para el encuentro con el Señor que puede ocurrir en cualquier momento.

No es fácil esta espiritualidad de la vigilancia hoy. Por una parte, al hombre de nuestros días parece que solo le llama la atención lo que es nuevo, lo que es actual, sin dejarse atar por compromisos. Por otra parte, hemos perdido capacidad para vivir algo de forma intensa y de manera duradera. El paso del tiempo lo desgasta todo, nos resta fuerzas, y posiblemente ilusión. Corremos el riesgo de instalarnos con toda clase de cálculos y seguridades que enquistan nuestra fe y compromiso. ¡El temido riesgo de la rutina y la monotonía!

Sorprende la insistencia con la que Jesús nos invita a la vigilancia en el evangelio. De hecho, no solo esta parábola, sino todo el capítulo 25 de San Mateo, que vamos a leer los próximos domingos, nos quiere exhortar a vivir como si Cristo pudiera venir mañana; pero también como si lo hiciera más tarde. Se trata de ser creyentes a los que la mirada en el futuro no les haga estar ausentes de su compromiso con el hoy; pero también al revés, personas a las que el presente no les vuelva ciego acerca del porvenir y de la meta a la que caminamos. Así pues, estar preparado implica vivir con fidelidad a Cristo y a su evangelio, y significa igualmente vivir en fidelidad al hombre de hoy.

Hay un dato que llama la atención, y es que las cinco sensatas no quisieron compartir su aceite. A primera vista, parece una respuesta poco caritativa. Pero también aquí podemos ver un elemento de sabiduría: hay valores y experiencias que no se pueden “prestar” sin más. Son personales. Cada uno es responsable y protagonista de su propia historia de fe, y, por tanto, cada uno está invitado a tener experiencia personal del Señor.

Termina el evangelio recordándonos que no sabemos el día ni la hora. Y puesto que no es posible saber el "cuando", al menos nos dice el "como": Vigilad, es está la invitación de Jesús, y tiene que ver con un estilo de vida y una espiritualidad que busca cada instante como momento de encuentro con Dios. Salir de nosotros y buscar al Señor, dejarnos activar por su Palabra y por su presencia en la Eucaristía, en los momentos de dolor, en las situaciones de fragilidad, en los pobres..., intentando no rebajar ni adaptar la novedad del Evangelio a la comodidad de nuestro tiempo.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles 

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