La predicación de Jesús sobre cómo vivir la espera alcanza en este domingo una nueva dimensión. Comenzó con aquella invitación a estar en vela, y la parábola de hoy la completa enseñándonos que un siervo es bueno y fiel si pone por obra todo lo que su Señor le ha confiado. Nos habla de un “un hombre que se va de viaje” y reparte sus talentos entre sus siervos para que los pongan en valor. Los tres casos son significativos. Los dos primeros criados negocian y consiguen aumentar sus ganancias, uno cinco, otro dos. Pero ambos son felicitados igualmente; y es que el reino no busca quien es más productivo, sino simplemente haber puesto todo lo que uno tiene a su servicio. El tercer caso es el que no agrada a Dios, aquel que se guarda todas sus cualidades para sí.

Una primera reflexión es la de constatar que nos encontramos ante una enseñanza que mira al hombre desde una óptica muy positiva. Dios nos ha dado talentos a todos, cualidades para ponerlas al servicio de su Reino. Cada cual tiene sus talentos, unos más y otros menos, unos de una manera y otros de otra. Pero a todos nos los entrega. Frente a una sociedad en la que lo que primero nos llama la atención son los fallos y equivocaciones del otro, el evangelio nos garantiza que todos los hombres tenemos cosas buenas para crecer como personas y como fraternidad.

Todos sin excepción hemos sido enriquecidos por Dios con talentos, ¿qué hacer, pues, con ellos? La fe no es algo que se guarda en una caja fuerte para protegerla, sino una vida que, desde la confianza en Jesucristo, se expresa en el amor y la entrega. Según esto, Jesús nos exhorta a la responsabilidad activa, a colaborar en la edificación de un mundo según su corazón. El último siervo tiene una imagen del dueño inflexible, fiscalizador, y su comportamiento está marcado por este miedo. No comprende que la relación con Dios es una relación de amor. Seguramente si no existe esa experiencia, nos dejaremos guiar por el temor o la distancia, y tampoco seremos fecundos.

Dios no nos llama a conservar; lo que pretende es que gastemos sus dones, que los pongamos al servicio del hermano. Nos quiere creativos, emprendedores, llenos de iniciativa. No se trata de exhibir ante el Señor resultados.  En una sociedad competitiva como la nuestra, no debemos entender el evangelio como una llamada al triunfo, a hacer más méritos que los demás, sino a aprovechar las ocasiones de la vida presente, a fin de realizar algo hermoso, algo nuevo.

El siervo “fiel y cumplidor” no restituye los talentos, sino que los presenta. Y ¿que presenta? Seguramente una vida de cansancio, unas manos vacías. Sí, digo bien, vacías. La bondad que ha gastado, el cariño sembrado, los momentos de perdón, la vida de entrega, de amor…, entonces sabemos que nos podemos presentar con las manos vacías, sin tener que temer por eso. Es que hemos sembrado. Escribía Antonio Machado «Moneda que está en la mano/ quizá la puedas guardar/ la moneda del alma/ la pierdes si no la das».

 

Francisco Sáez Rozas

 Párroco de Santa María de los Ángeles 

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