Celebramos hoy la solemnidad de Jesucristo Rey del universo. Y digo bien, Cristo es Rey, pero su realeza, cuanto menos, nos sorprende al observar su “manera” tan insólita de ser rey. Un rey para los demás, que pone su servicio a disposición de los pequeños y frágiles. Una realeza que es entrega, humildad y amor. A entender este misterio nos ayuda el evangelio que leemos, pasaje de una gran belleza, y, a la vez, de una gran exigencia. La escena nos presenta un juicio público y universal. El comienzo dice, «cuando venga el hijo del hombre»; ya no estamos a la espera, como en los evangelios anteriores, ahora se trata de presentar la vida ante el Señor. Quiere ser, pues, una especie de visión profética, en la cual escuchamos de labios del mismo Jesús el criterio para entrar en el Reino, criterio que parece pillar por sorpresa: ¿Cuándo te vimos con hombre o con sed, o enfermo, o desnudo y te auxiliamos?

Y Jesús responde enumerando las seis obras de misericordia hasta por cuatro veces (dar de comer al hambriento, de beber al sediento, hospedar al extranjero, vestir al desnudo, visitar al enfermo e ir a visitar a los presos). Lo que verdaderamente cuenta es la actitud de amor o de indiferencia hacia cualquier persona necesitada. Es entonces cuando uno recuerda que el criterio ya se lo había dicho a aquella multitud que le escuchaba en el monte, «bienaventurados los misericordiosos» pues en ellos verdaderamente se cumple la promesa, «ellos encontrarán misericordia» (Mt 5,7).

Es una escena donde ya no hay discursos, donde sobran las palabras bonitas, tales como “compromiso”, “solidaridad”, no se habla tampoco de “amor”, y eso para no ser abstractos. Aquí se proponen cosas concretas, como dar de comer, vestir o visitar. Y aún nos queda una sorpresa más. Practicar la misericordia con el que sufre supone un acto fe profundo desde el momento en el que Jesús se identifica con él, lo que «le hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis». Podemos decir que el pequeño, el enfermo, el que sufre, el que padece necesidad material, se convierte también en sacramento del Señor, porque Cristo mismo ha querido que sea camino de nuestra salvación.

Por eso decía al principio que es un evangelio difícil, porque reconocer en el otro el rostro de Cristo exige tal mirada de fe, que solo puede ser fruto de la gracia y de una vida de interioridad. Podemos pensar que lo conocemos, que hemos aprendido mucho sobre su persona en catequesis, que tenemos trato con él, pero cuando se trata de reconocer su rostro confundido entre otros rostros, nos damos cuenta que no lo distinguimos con tanta claridad. La preocupación de Jesús no es que nos fijemos en lo que pasará en el juicio, cuanto que nos demos cuenta que el día decisivo es hoy. Más que trasladarnos al final, lo que quiere es que comprendamos la importancia de nuestro presente. Por eso, la eternidad se ha anticipado al hoy.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles 

Pin It

BANNER02

728x90