La familia cristiana

Durante nueve meses se formó la humanidad de Jesús en el seno de María, pero no terminó su formación con el nacimiento. El nacido era un ser totalmente débil e indefenso. Necesitó durante largos años del seno de una familia, la de José y María, para desarrollarse, fortalecerse y completar su personalidad, siguiendo el proceso normal de todos los seres humanos, necesitados de dos senos para existir, el seno maternal y el seno familiar. Hoy la Iglesia nos invita a contemplar esta segunda faceta del Hijo de Dios. Si María fue la protagonista exclusiva de su nacimiento, ahora coopera también José, el padre legal. De ellos aprendió Jesús la cultura judía, aprendió a hablar, a orar, el oficio de carpintero... Jesús vivió plenamente integrado en su familia y participó de todas sus vicisitudes positivas y negativas (Evangelio). Con los altibajos propios de toda persona normal, María, José y Jesús, supieron ayudarse mutuamente y crecer en el amor en la familia de Nazaret.

Hoy la Iglesia nos invita a contemplar esta faceta de la encarnación del Hijo de Dios y propone a la Sagrada Familia como modelo de toda familia. La familia es una institución natural, presente en todas las razas, independientemente de religión y cultura. La familia no es creación religiosa ni cultural, pues es anterior a todas las religiones y culturas. Hablar de familia “cristiana” no es hablar de una creación cristiana sino una forma de referirse a un modo concreto de esta institución natural, potenciada con la gracia del sacramento del matrimonio y con la luz del Evangelio. La segunda lectura exhorta a vivir dentro de la familia unas relaciones inspiradas en el amor mutuo, condición para la vivencia familiar sea provechosa para todos sus miembros. Esto implica que los padres se quieran entre sí con un amor que les realice y ayude a estar centrados en la tarea propia de toda familia que es la educación de los hijos y que, por su parte, los hijos busquen la felicidad de los padres cooperando con amor en la educación que están recibiendo y en el bien común de la familia. Esta segunda lectura termina dando consejos a los diversos miembros de la familia: “Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor”: literalmente el texto original dice someteos a vuestros maridos, empleando un verbo que no se entiende correctamente hoy, con lo que se deforma el pensamiento de san Pablo. De por sí so-meterse significa meterse entre, integrarse, que es lo contrario de la huida, de querer vivir al margen, de la total independencia. Naturalmente para poder vivir dentro de un grupo, hay que adaptarse a sus exigencias y consecuentemente esto implica también el significado meterse bajo las exigencias de la convivencia. Lo que Pablo quiere decir es que la mujer tiene que adaptarse por amor (no olvidar el contexto anterior) a las exigencias propias del compartir la vida con su marido y que el marido lo haga igualmente por amor. Por su parte, los hijos han de corresponder con la obediencia adecuada. Siempre se trata de una dependencia mutua en Cristo y por amor, que excluye todo lo que sea antievangélico, como la tiranía, el desprecio... Lógicamente este espíritu se ha de vivir de acuerdo con la evolución social de la familia en los distintos tiempos. La familia actual es diferente de la patriarcal, pero su espíritu debe ser el mismo.

La primera lectura pone el dedo en la llaga de otro problema de la familia actual, los mayores, condenados a vivir solos o en residencias por exigencias de la vida actual, pero que son merecedores de cariño y atención por parte de todos. Pequeños y mayores deben ser objeto de un cuidado especial por la familia.

Al celebrar la fiesta de la Sagrada Familia, la Iglesia nos invita a valorar y defender la familia cristiana. Hoy día son muchos los retos que tiene que afrontar esta institución, como muestra el hecho de que la Iglesia vaya a dedicar dos sínodos de los obispos a ella. Por una parte, está la ideología de género, que quiere marginar el matrimonio natural como matrimonio “tradicional”, en sentido despectivo, negándole su carácter “natural” y considerándolo una creación “cultural”, por otra, el gran número de matrimonios rotos y de familias monoparentales. En ellas peligra la educación de los hijos, uno de los fines de la familia. Esta situación merece una atención especial y se la va a dedicar la Iglesia.

Lo mejor forma de defender y dignificar el matrimonio cristiano es vivirlo. Hoy se nos invita, por una parte, a agradecer todo lo que hemos recibido cada uno de nuestra familia, a pesar de las imperfecciones que hayamos podido encontrar en ella, como cariño, educación, la fe cristiana, ayudas de todo tipo, por otra, a vivir las exigencias del amor en nuestra familia actual. Los esposos viviendo a fondo las exigencias del sacramento del matrimonio, que deben conocer mejor, los hijos correspondiendo al amor de sus padres y cooperando con amor en el bien común de toda la familia. Y todos, teniendo una acogida especial a los mayores.

La Eucaristía, por una parte, debe ser escuela y alimento de toda familia cristiana, en la que ofrece la Acción de gracias a Dios Padre por medio de Jesús por todos los bienes recibidos y se recibe gracia para continuar creciendo en el amory, por otra, debe ayudar a todos los participantes a convivir como miembros de una gran familia eclesial.


PRIMERA LECTURA: Lectura del libro del Eclesiástico 3,3-7. 14-17: El que teme al Señor, honra a sus padres

SALMO RESPONSORIAL: Salmo 127,1-2. 3. 4-5: (Dichoso el que teme al Señor, y sigue sus caminos!

SEGUNDA LECTURA: Lectura del apóstol san Pablo a los Colosenses 3,12-21: La vida en familia es vida en el Señor

EVANGELIO: Lectura del santo Evangelio según san Mateo 2,13-15: Coge al niño y a su madre y huye a Egipto.

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