VINO A LOS SUYOS

La Palabra de Dios, nos dice el Evangelio de hoy, se hizo carne en el Niño de Belén. Y esa palabra es una voz que merece toda nuestra atención. Es una palabra que viene a nuestra vida para darle un sentido verdadero y de felicidad.

Su pueblo vibró ante su llegada. Unos de un modo y otros de otro. Unos acogiendo con regocijo la noticia de su nacimiento, y otros llenándose de consternación al saber que había llegado el que tenía que venir. Aquéllos, unos humildes pastores, o unos sabios sencillos y con fe. Éstos, unos poderosos que temen perder su poder, un rey bastardo y cruel que no dudará en perseguir al recién nacido para matarle, porque "… vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, prefirieron las tinieblas a la luz".

Todavía sigue viniendo “a los suyos” y todavía es verdad que bastantes de los suyos no le reciben” es decir no lo consideran “suyo”. Tenemos que confesar que, aunque creemos que Jesús es Dios y hombre, ponemos de tal manera el acento en que es Dios, que lo apartamos de “nosotros”, no le admitimos por completo entre “los nuestros” y siempre nos queda decir “sí, pero Él era Dios”. ¿Por qué no sabemos reconocerlo? Es verdad que celebramos la Navidad, pero más que Navidad son "navidades" en las que es muy difícil identificar la presencia del Niño-Dios. Porque las luces nos deslumbran y no descubrimos la auténtica "luz", porque estamos llenos de cosas que nos impiden profundizar en nuestro interior para descubrirle, porque nos hemos quedado en la envoltura y no hemos descubierto el tesoro que encierra.

Pero "A quienes le reciben les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre".

Son los creyentes para quienes Jesús es centro de sus anhelos y de sus esperanzas; los que cansados de tanta mentira como lanzan los líderes de todo color, vuelven sus miradas a Jesús de Nazaret, el joven carpintero que habló con sinceridad, el Hijo de Dios que entregó su vida para salvar a la Humanidad. Es cierto que a veces ese mirar a Cristo no tiene toda la limpieza y toda la fe que se requiere para ser verdadero amigo de Jesús. Pero de todos modos han descubierto algo extraordinario en sus palabras, le admiran, le invocan, le esperan...

No seamos de los suyos que no le admiten como “nuestro” sino de los que le reciben, de los que “creyendo” en El, pasan a ser considerados por Dios hijos suyos y herederos, y nosotros consideramos a su Hijo hermano nuestro y uno de nosotros.

La Palabra está entre nosotros y debemos de adorarla. Preparémonos, una vez más, para llegar mañana al Portal del Belén con nuestros mejores regalos, con nosotros mismos, con nuestra vida –con sus cosas buenas y sus cosas malas— para ofrecérsela a ese Niño que nos ha nacido.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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