RECORDANDO EL BAUTISMO

La Iglesia nos propone a nuestra reflexión, después de recordar su nacimiento, el bautismo de Jesús. Tras treinta años de vida oculta, ignorada de todos, en uno de los más olvidados y arrinconados poblados de Palestina, Jesús se dirige hacia el Jordán, donde Juan bautizaba, para emprender su misión entre los hombres. Hasta entonces su enseñanza había sido sin palabras, aunque una enseñanza muy sugestiva y significativa. En ese tiempo nos hizo vislumbrar la valía, de una existencia sencilla, ordinaria y vivida en sus múltiples pequeñas cosas, con un gran y inmenso amor, que sabía dar grandeza y sentido a lo más usual. Gran lección para la inmensa mayoría de nosotros, ya que nuestra vida también transcurre, día tras día, en un entramado de pequeños deberes. Un ejemplo que nos ha de llevar a dar valor a lo más pequeño y ordinario, que al vivirlo con amor y esmero, por hacerlo bien, puede alcanzar la bendición y la sonrisa de Dios.

Al unir esta fiesta del Bautismo de Jesús, con la pasada cercana Navidad, es como si intentáramos seguir el argumento vital de cualquier familia cristiana de nuestro tiempo Pero en este texto del bautismo del Señor hay diferencias con respecto al nuestro.

A nosotros nos "llevan" a bautizar. Jesús va por sí mismo a recibir su propio bautismo. “En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara”. Aquel bautismo era signo de un deseo de conversión, el Bautismo inaugurado por Cristo puerta de entrada a la comunidad de los discípulos de Jesús. Estar bautizados no es el cumplimiento de un rito tradicional de nuestro pueblo,  sino que significa, sentirnos llamados personalmente para formar parte de del pueblo de Dios. La Iglesia,  y para ser mensajeros de la Buena Noticia del Evangelio.

Es bueno recordar hoy nuestra propia historia de fe. Una vez algún sacerdote joven o viejo, letrado o ignorante, santo o pecador, derramó el agua bautismal sobre nuestra cabeza. Los padrinos, al igual que nuestros padres y parientes, fueron testigos del hecho. Recordemos lo que nos comentaron nuestros padres sobre esa celebración. Miremos las fotos y el video, si los hay. Éramos pequeños, el agua seguramente nos hizo llorar.

Miremos después nuestro proceso en la infancia. Recordemos nuestros inicios y nuestras primeras oraciones. Recordemos aquellos modelos cristianos que aparecieron en nuestra vida.

Sintamos como nuestra fe fue aclimatándose a nuestros años y hoy está o presente y viva o escondida en los entresijos de la vida Fuimos creciendo en edad, realizaciones, luchas y desengaños y el acontecimiento de nuestro bautismo tal vez se borró totalmente de nuestra historia. Y, sin embargo, el título más importante que tenemos, enmarcado o no en nuestra casa, es la partida de bautismo. No hay título ni dignidad mayor que ser y sentirse hijo de Dios.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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