somos los que invocan a jesús como señor

El domingo pasado el Padre nos presentaba a Jesús como su Ungido, llamado a realizar su tarea como Siervo de Yahvé. Hoy es Juan Bautista el que repite esta presentación, concretando una faceta especial de la misión del Siervo: es el Cordero de Dios que echa sobre sí el pecado del mundo.     La imagen remite al cuarto poema del Siervo de Yahvé (Is 52,13-53,12, especialmente 53,4-7), donde se le describe como un cordero que se sacrifica en nombre de toda la humanidad. Se considera su representante solidario y por ello toma sobre sí todo su pecado para que el Padre lo perdone. Lo hizo ofreciendo y viviendo toda su vida como un sacrificio existencial, consagrándose a hacer la voluntad del Padre por amor. Y esta consistía en enseñar con sus palabras y hechos el camino que conduce a la salvación plena, el amor solidario con los necesitados. Lo hizo desde la humildad y desde la persuasión, desde dentro, sin intentar imponerse desde fuera con medios violentos. Como sacerdote no ofreció al Padre animales sino su vida en nombre de todos. Y el Padre nos ha perdonado. El salmo responsorial (salmo 39) añade otro elemento que remite al sacrificio: Dios no quiere sangre de animales, sino el corazón del hombre. Esto explica la respuesta del salmista que anuncia el ofrecimiento de Jesús en la encarnación: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Por el bautismo el hombre acepta la obra de Jesús y hace real en su vida el perdón conseguido por él. Como consecuencia se convierte en hijo de Dios, santo y consagrado, y tiene la tarea de vivir como tal, siguiendo sus huellas de Siervo.

San Pablo recuerda en la 2ª lectura que tenemos que vivir esta tarea eclesialmente, como miembros de la familia de los hijos de Dios, no aisladamente. Saluda a los cristianos de Corinto como Iglesia, santos, consagrados, los que invocan a Jesús como Señor. Iglesia significa “convocados”, es decir, los que se reúnen no por casualidad sino porque alguien los ha convocado para una reunión concreta en un lugar determinado para una tarea específica. Los cristianos hemos sido convocados por Dios Padre para la tarea de compartir juntos el sacrificio de Cristo y dar a conocer a todo el mundo la salvación traída por él. Somos, por otra parte, una familia de personas santas, porque participamos por medio del Espíritu Santo la santidad de Cristo, y consagradas a Dios para vivir haciendo su voluntad, como vivió Jesús. Finalmente todos nosotros reconocemos a Cristo como nuestro Señor, es decir, el dueño de nuestra vida, sometidos a su voluntad. Jesús no se atribuyó el título de Señor, se lo dio el Padre cuando lo resucitó y lo constituyó Señor de la humanidad y lo reconocemos los cristianos cuando lo llamamos nuestro Señor, es decir, Señor de la comunidad. En la comunidad cristiana puede haber vínculos externos que ayudan la unidad, como la simpatía por el pastor, la amistad entre los componentes, la afinidad cultural..., todo esto puede ayudar, pero es secundario. Lo que realmente nos une ha sido la llamada del Padre que nos ha hecho miembros de una familia concreta, nos ha hecho santos y consagrados, y nos ha dado el don de su Espíritu que nos capacita para invocar a Jesús como nuestro Señor y vivir de acuerdo con él.

La Eucaristía dominical es muy importante, porque en ella nos unimos todos los convocados con la misma finalidad: dar culto al Padre. No se trata solo de dar culto al Padre sino también de hacerlo juntos, como Iglesia. Entonces ejercemos como pueblo sacerdotal y eclesial, convocados por Dios Padre para unirnos al único culto que le agrada, el sacrificio de Jesús. En él se actualiza su sacrificio existencial como ocasión privilegiada para que nos unamos a él y así poder llegar al Padre, pues él es el camino, la verdad y la vida, y nadie va al Padre sino por él (cf.Jn 14,6).

PRIMERA LECTURA: Lectura del libro del profeta Isaías 49,3-5-6: Te hago luz de las naciones para que seas mi salvación (tercer poema del Siervo)

SALMO RESPONSARIAL: Salmo 39, 2 y 4ab, 7-8a, 8b-9, 10: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

SEGUNDA LECTURA: Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios 1,1-3: A la iglesia de Dios que está en Corinto, santos, consagrados, los que invocan a Jesús como Señor

EVANGELIO: Lectura del santo Evangelio según san Juan 1,29-34: Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

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