El señor es mi luz y salvación

         El Evangelio recuerda el comienzo del ministerio público de Jesús en Galilea, interpretando el hecho como el cumplimiento de la profecía de Isaías en que anunciaba que una gran luz iluminaría la misma región de Galilea, que muchos siglos antes, el 732 a.C., fue testigo de la deportación masiva de galileos a Asiria por parte de Teglatpíleser III. Lo que entonces con los asirios era tiempo de esclavitud y tiniebla, ahora con la predicación de Jesús es tiempo de liberación y luz. La luz que salva es la llegada del Reino de Dios. Dios Padre invita a la humanidad a convertirse en su familia, pero esto exige que previamente lo acepten, reconociendo sus pecados y convirtiéndose. Consecuente con este mensaje, la primera acción de Jesús fue la llamada a su seguimiento de una pareja de hermanos. La finalidad de este relato es eminentemente cristológica, más que ética (los llamados obedecen y siguen), pues revela las pretensiones de Jesús de realizar la última convocatoria de Dios (Iglesia = convocatoria) a la humanidad para crear su familia. No tiene sentido que Jesús anuncie el comienzo de la familia de Dios Padre y él esté solo.

         Los que estamos reunidos en la celebración eucarística hemos acogido esta llamada y somos miembros de la familia de Dios. El salmo responsorial nos invita a agradecerlo y ponderar sus valores.

         La segunda lectura pone en guardia ante un gran peligro que amenaza a la familia de Jesús, la división. Los cristianos de Corinto andan divididos en sectas, aunque todavía no han llegado a una ruptura total. El motivo son las preferencias por los diversos apóstoles que han trabajado en la comunidad, a los que están juzgando con criterios humanos (el que habla mejor, el más exigente, el más simpático, el de mejor tipo...) y no con criterios evangélicos. Esto es un absurdo, porque la comunidad cristiana está estructurada en torno a Cristo, al que todos están incorporados por el bautismo, y no en torno a los apóstoles, que son simples enviados de Cristo al servicio de la comunidad.

         La división sigue siendo un escándalo en el mundo cristiano. Continúa la división mayor en iglesias: católicos, ortodoxos, protestantes, por la que hemos orado en los días pasados. Igualmente siguen las divisiones menores, pero también dañinas, motivadas por las diferentes personas o tareas que se realizan en la comunidad o por formas de pensar. Envidias por la tarea encomendada a una persona, que uno desearía para sí; murmuraciones, vivir con mentalidad sectaria la pertenencia a una asociación concreta... Ante este peligro el mismo san Pablo nos recomienda una ascética de la unidad cf. Ef 4,1-6: humildad, amabilidad, comprensión: humildad para no sobreestimarse y huir de todo protagonismo, tendencia a ver el lado positivo de las situaciones y a la comprensión; disponibilidad para la ayuda mutua, ideas claras sobre la importancia de la unidad, don del Espíritu, con el que tenemos que colaborar y que nunca debemos romper... La existencia de diversos carismas, asociaciones y acentos en la comunidad cristiana es una riqueza, creada por el Espíritu Santo, de la que debemos aprovecharnos todos para enriquecernos mutuamente y nunca debe ser motivo de división.

         La Eucaristía es el sacramento de la unidad de la familia de Dios. En ella damos gracias por pertenecer a ella y pedimos fuerzas para vivir las exigencias de la unidad.

PRIMERA LECTURA: Lectura del libro del profeta Isaías 9,1-4: En Galilea de los gentiles aparecerá una luz grande

SALMO RESPONSARIAL: Salmo 26,1-4, 13-14: El Señor es mi luz y mi salvación

SEGUNDA LECTURA: Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios 1,10-13: No andéis divididos

EVANGELIO: Lectura del santo Evangelio según san Mateo 4,23: Vino a Cafarnaún para que se cumpliera lo dicho por Isaías.

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