Testigos del evangelio en la debilidad

         El que ha recibido el don del discipulado, debe necesariamente ser testigo del amor de Dios (Evangelio). Los ejemplos empleados por Jesús muestran el carácter de esta necesidad natural. La luz, si es luz, alumbra necesariamente; si no lo hace, es que no es luz; la sal, cuando es sal, sazona; si no lo hace, es que ha dejado de ser sal; igualmente una ciudad en el monte está en un lugar alto, que le permite ser vista por los que están abajo; si no lo hace, es que no está en una altura. Así, el cristiano, si lo es verdaderamente, debe tener un modo de vivir y de hablar que manifiesta y da testimonio de su fe. Por ello la calidad del testimonio vital del cristiano muestra la calidad de su vida en Cristo. La 1ª lectura subraya que la ayuda concreta al hermano es una forma eficaz de ser luz: «Parte tu pan con el hambriento... Entonces romperá tu luz como la aurora». Hay mucha necesidad física y espiritual en nuestro mundo, que el cristiano está llamado a iluminar, como dice el salmo responsorial: El justo brilla en las tinieblas como una luz.

            No se trata de presumir de cristiano, sino de buscar la gloria de Dios. Si los demás ven que yo, a pesar de ser débil y frágil como ellos, puedo vivir de acuerdo con el Evangelio, es señal de que Dios Padre ofrece su gracia a todos los hombres y los capacita para vivir como hijos suyos. Los santos han tenido dificultades y pruebas como los demás mortales, pero han correspondido a la gracia que Dios les ofrecía. Por eso la Iglesia propone estas vidas como exégesis viviente de la palabra de Dios (Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini). Todo es un motivo para dar gracias al Padre que que quiere la salvación de todos y a todos ofrece su ayuda.

         Todo cristiano está llamado a ser testigo del Evangelio y para no caer en engaño y desilusiones debe tener en cuenta que la forma normal de hacerlo es la debilidad. Así nos lo recuerda san Pablo en la 2ª lectura, evocando cómo llegó y predicó en Corinto: Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Así nos salvó Cristo en la cruz. Se trata de algo connatural con la naturaleza del Evangelio, que es fuerza de Dios en la debilidad. Para Isaías, el primero que habla de evangelizar en el sentido técnico en que lo empleamos, evangelizar es proclamar la alegre noticia de que Dios va a reinar como Dios oculto, que se oculta en un mensaje eficaz y transformador para el que lo acoge, pero que no se impone y puede ser rechazado. El amor de Dios no se impone y respeta la libertad humana. Así ha sido a lo largo de toda la historia de la Iglesia y así continuará siéndolo.

         La Eucaristía es celebración y presencia sacramental del que es luz del mundo y nos ha dado la luz de la vida (Jn 8,12) con su palabra, vida y sacrificio existencial. En ella experimentamos de nuevo el perdón, nos unimos a su sacrificio, que nos capacita para vivir una existencia con sentido, como la suya, y nos alimenta para realizar la tarea de ser luz y sal para los hermanos.  

PRIMERA LECTURA: Lectura del libro del profeta Isaías 58,7-10: Nacerá entonces tu luz como la aurora.

SALMO RESPONSARIAL: Salmo 111,4-5, 6-7, 8a y 9: El justo brilla en las tinieblas como una luz.

SEGUNDA LECTURA: Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios 2,1-5: Os he anunciado a Cristo crucificado

EVANGELIO: Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5,13-16: Vosotros sois la luz del mundo.

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