apresurad la venida del Señor con la esperanza y la conversión

En Adviento la Iglesia nos invita a esperar la venida del Señor. La liturgia del domingo pasado estaba centrada en esta invitación. Hay quien pueda pensar que esto es alienante, porque aparta la vista del presente y de todos los problemas que tenemos ahora, pero no es así, pues la invitación a mirar el futuro se traduce en la práctica en mirar el presente. Por eso la Iglesia nos presenta en este segundo domingo la figura de Juan Bautista exhortándonos a esperar la futura venida del Señor acogiéndolo en el presente y para esto es necesaria la conversión y la esperanza.

En la 2ª lectura san Pedro nos invita a apresurar la venida del Señor. Con ello nos está diciendo que el Jesús que vendrá en el futuro no es un personaje ajeno, sino que es el mismo Jesús que ahora nos invita a acogerlo y a crecer con él. En el bautismo nos hemos unido a él y desde entonces tiene que ir transformando nuestra vida hasta identificarnos con él. De esta manera apresuramos su venida, de forma que el final será la consumación de esta tarea.

Para esta tarea es básica la conversión y la esperanza. El mensaje de Juan es la conversión. Convertirse significarse literalmente “dar media vuelta”, dejar de mirar y caminar a un lado para mirar y caminar al opuesto. Por una parte, es dejar una vida totalmente orientada a uno mismo, a sus intereses egoístas y al pecado, centrada en la propia autosuficiencia. Por otra parte, es volverse totalmente a Jesús para identificarse con él, creciendo cada día en cada uno de sus valores, que se resumen en amor y servicio, hasta dar la vida por los demás. Adviento es tiempo de conversión en que la Iglesia nos invita a una conversión personal y comunitaria que debe culminar en la celebración del sacramento de la penitencia.

Por otra parte, la esperanza. El Evangelio presenta a Juan a la luz de una promesa del AT (cf. 1ª lectura) con lo que se está diciendo al lector que es cumplimiento de lo que Dios ha prometido y que por tanto Dios es fiel y vale la pena fiarse y esperar en él. La misma presencia de Juan es una enseñanza de esperanza. Juan Bautista fue precursor de Jesús y lo sigue siendo en todos los tiempos, ahora para nosotros, que esperamos que Jesús vaya creciendo en nuestro corazón. Una persona autosuficiente no espera nada y mucho menos promesas religiosas. En la medida en que somos autosuficientes nuestro Adviento se puede convertir en tiempo de palabras vacías, en que se repite la palabra esperanza cuando en el fondo no esperamos nada. La esperanza supone la conversión humilde, el reconocerse pobre, limitado, necesitado de ayuda. Solo en este contexto surge la oración humilde pidiendo a Jesús que actúe como salvador en nuestra vida, ayudándonos a superar nuestras impotencias y resistencias.

El cristiano espera porque cree. Por ello es necesario alimentar la esperanza recordando las promesas divinas contenidas en la Biblia (lo hace la liturgia en las primeras lecturas del tiempo de Adviento), y junto a esto, tener siempre presente estas promesas como fundamento de nuestra esperanza, que la diferencia de las expectativas humanas. En la expectativa se espera de acuerdo con las posibilidades reales de una situación, en la esperanza se espera porque Dios fiel y poderoso lo ha prometido. Como Abraham “esperamos contra toda expectativa humana” (Rom 4,18). Fiel es Dios que nos llamó a la comunión con su Hijo (1 Cor 1,9).

Evitar el peligro de rebajar las metas de la esperanza: si Dios ha prometido nuestra plena transformación personal, hay que colaborar para que sea realidad, sin rebajas y sin poner imposibles en nuestra vida; si ha prometido un mundo nuevo, es posible y hay que cooperar para que venga; si ha prometido una comunidad eclesial santa, hay que colaborar para que sea realidad. Naturalmente, nuestra colaboración se realiza en la pobreza de los pequeños pasos y así hay que asumirlo, sin desánimos ni rebajas. La experiencia de las pobres realidades tiende a desanimar y se puede convertir en enemiga de la esperanza. Tener siempre presente que para las promesas de Dios nada es imposible (Lc 1,37; 18,27).

El ciclo Adviento-Navidad, recordando la primera venida de Jesús, invita a profundizar en esta tarea de “cristificarse” que culminará en la parusía del Señor.

Cada Eucaristía es una llamada a la conversión y a la esperanza, pues invita a unirse plenamente a Jesús que se entrega al Padre, término de la conversión, además hace sacramentalmente presente el objeto de la esperanza, Cristo resucitado, y alimenta para conseguirlo.

Primera lectura: Is 40,1-5. 9-11: Preparadle un camino al Señor.

Salmo responsorial: Sal 84,9ab-10. 11-12. 13-14: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Segunda lectura: 2 Pe 3,8-14: Esperad y apresurad la venida del Señor, que traerá consigo un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia.

Evangelio: Mc 1,1-8: Preparad el camino al Señor

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