jesucristo, revelación del Misterio oculto

En la 2ª lectura san Pablo presenta a Jesucristo como revelación del misterio oculto. Misterio suena a algo desconocido, que no se puede conocer. Pero en el Nuevo Testamento es mucho más. Significa que Dios no improvisa su actuación en la historia, pues tiene desde el primer momento de la creación un plan salvador que guía su actuación. Naturalmente lo que Dios piensa es inaccesible al hombre, a no ser que lo manifieste. San Pablo nos dice hoy que su plan ha sido ofrecer la salvación a toda la humanidad e instaurar un reino por medio de su Hijo, Jesús. Ya lo ha dado a conocer y lo sabemos los que nos disponemos a celebrar el momento en que Jesús apareció entre nosotros. Pero solo se nos ha revelado en su parte sustancial y no llegaremos a conocerlo todo hasta el final, cuando veamos a Dios cara a cara y nos admiremos de la gran sabiduría que ha guiado su actuación. Esto explica que todavía, cuando caminamos en la oscuridad de la fe, nos planteemos muchos porqués, que al final veremos claros y aclamemos con el Apocalipsis: Grandes y admirables son tus obras, Señor, Dios omnipotente; justos y verdaderos son tus caminos, oh rey de los siglos (Apoc 15,3).

Este domingo se nos invita a contemplar algunas facetas de este misterio. Dios empezó a darlo a conocer poco a poco según la capacidad de entender de los hombres. Por eso anunció a David que el Mesías sería hijo suyo (1ª lectura). Ellos lo entendieron en sentido político religioso, pensando que al final el Mesías rey iba a instaurar un reino más grande incluso que el de David, sometiendo a todas las naciones, a las que ellos enseñarían los caminos de Dios. Había en esta percepción parte verdad: del pueblo judío vendría el que iluminaría las naciones, el mismo pueblo judío tendría parte importante en la difusión de la verdad, pero se equivocaban totalmente en el modo. Dios no tiene nada que ver con la violencia y la imposición externa de ideas. Los grupos yihadistas actuales son un ejemplo de un modo de actuar contrario a Dios amor y respetuoso siempre de la libertad de la persona.

El evangelio de hoy nos dice cómo cumple Dios sus promesas, de una forma totalmente inesperada y desconcertante. El Hijo de David va a nacer de una muchacha sencilla y pobre en un rincón perdido de Galilea, que proviene de una rama desconocida de descendientes del rey David. Su concepción, por otra parte, será virginal, por obra del Espíritu Santo. De esta forma Dios nos enseña que la colaboración humana por medio de María era necesaria, pero lo decisivo viene de él que la fecunda con su poder. Por ello el Hijo de David será un regalo de Dios a la humanidad. A la luz del ministerio de Jesús conocemos la naturaleza de su reino, al que todos estamos invitados y con el que tenemos que colaborar solidariamente, como lo hizo María. Es un reinado que comienza en el interior del corazón, transformado por el amor, y que se manifiesta en toda la vida personal y social de cada persona transformada en el seno del pueblo de Dios.

Los que hemos recibido la gracia de estar unidos a Jesucristo, tenemos la tarea de ofrecer la salvación a nuestros hermanos, los hombres. Esta es nuestra tarea hasta que el Señor vuelva. Para ello Jesús ha creado la Iglesia, como comunidad de hombres solidarios, depositarios de la salvación de Jesús. Su tarea es salvar, colmando así las esperanzas de la humanidad y todo ello en la oscuridad del misterio de la actuación divina que a veces nos desconcierta, pero seguros de que los caminos de Dios son los mejores.

Para ser instrumentos de esperanza en manos de Jesús, necesitamos vivir cada vez más unidos a él, purificando nuestro corazón. En esta última semana de Adviento, preparación inmediata para la celebración del comienzo de su solidaridad, la Iglesia nos invita a purificar nuestra vida con el sacramento de la penitencia.

María es madre y modelo para vivir el misterio de Dios en esta misión solidaria que nos encomienda el plan salvador de Dios. La aceptación del plan de Dios en la encarnación cambió sus planes existenciales, pues le complicaba la vida en una tarea desconocida que asumía en la oscuridad de la fe, pero esta fe la hizo fuerte (esto significa etimológicamente creer en hebreo) en la palabra de Dios, “porque para Dios nada hay imposible”. En el plan de Dios su tarea era ofrecer su carne al Hijo de Dios y con ello hacerlo entrar en la solidaridad humana. Desconocía los detalles de este plan, pero se fio de Dios, sabiendo que todo sería para su gloria y bien de la humanidad. Su conocimiento poco a poco se fue esclareciendo a lo largo del ministerio público de Jesús, de manera especial después de la resurrección y especialmente ahora que comparte la gloria de su Hijo y conoce plenamente el misterio. Esperó porque creyó. Esperanza y fe son inseparables.

En la Eucaristía damos gracias al Padre por su plan de salvación, damos gracias a Jesús, nuestro hermano solidario, por haberlo realizado, muriendo y resucitando por nosotros, y por habernos asociado a su tarea, y pedimos gracias para realizarla solidariamente.

Primera lectura: 2 Sam 7,1-15. 8b-12. 14a-16: El reino de David durará por siempre en la presencia del Señor.

Salmo responsorial: Sal 88,2-3. 4-5. 27 y 29: Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Segunda lectura: Rom 16,25-27: Revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos.

Evangelio: Lc 1,26-38: Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo... el Señor Dios le dará el trono de David su padre.

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