vocación cristiana y eclesial

Primera lectura y evangelio hablan de vocaciones divinas, la de Samuel y la de los primeros discípulos. La segunda lectura, que trata de la castidad cristiana, presenta la castidad como parte del comportamiento del que sigue a Jesús y comparte su vida.

La mayor parte de los evangelios presentan las vocaciones de los discípulos como la primera acción de Jesús en la proclamación del reinado de Dios y lo hacen de dos formas diferentes, los evangelios sinópticos por medio de una llamada explícita de Jesús, en el relato de Juan que se proclama hoy, Jesús no llama sino que atrae, a unos, Andrés y Juan, directamente, a otro, Pedro, por medio de la presentación de un intermediario, un testigo, que ya le conocía. En el primer caso, los dos discípulos oyen el testimonio que ha dado Juan Bautista de Jesús, le ven pasar y le preguntan dónde vive. Jesús solo les invita a que le acompañen y lo vean. Y pasaron un día con él. No se nos dice a dónde los llevó ni qué hicieron. ¿Dónde vivía Jesús los días que pasó cerca de Juan Bautista, en una cueva, en el descampado? Solo habla el evangelista de la impresión tan profunda que produjo en los dos, que a partir de ese momento lo reconocen como mesías y se entregan a él. Recuerdan perfectamente que ese encuentro tuvo lugar a las cuatro de la tarde y que el gozo tan grande que produjo en Andrés le indujo a presentarlo a su hermano Simón. Al ver Jesús a éste, lo llama por su nombre y le anuncia un cambio del mismo por Cefas, por la misión que le encomendará más adelante. En ambos casos se da lo que el mismo Jesús enseñará más tarde: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado.» (Jn 6,44). Todo es fruto de la gracia de Dios, que se vale de una gran atracción psicológica para atraer a la persona, que debe responder libremente, puesto que la fe no destruye la libertad. Y en el fondo todo ello es manifestación de la vocación concreta con que los llama Jesús, como les aclarará más adelante: « No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado par que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.» (Jn 15,16).

El hecho de que Jesús empiece su ministerio comenzando a crear su comunidad es importante. Ha sido enviado para reunir el pueblo de Dios y no tiene sentido que actúe solo. Desde ahora siempre aparecerá rodeado de sus discípulos. A Jesús siempre se le encuentra con su comunidad. No se entiende a Jesús sin la Iglesia ni a la Iglesia sin Jesús. Intentar separarlos es no conocer a Jesús. Ser cristiano implica integrarse en una comunidad, querida por Jesús para ayudarse mutuamente. En el plan de Jesús no caben francotiradores. De aquí la necesidad de cultivar las vertientes cristológicas y eclesiales del discipulado de Jesús.

El discípulo es, pues, un enamorado de Jesús, a quien conoce, ama, sigue y reconoce como su señor. La 2ª lectura precisa que nos ha comprado con su muerte y resurrección y que por ello todo nuestro ser pertenece a él, cuerpo y alma. Por eso san Pablo exhorta a glorificar a Dios con nuestro cuerpo, es decir, que todas nuestras acciones, para las que nos servimos del cuerpo que es una parte inseparable de nuestra persona, estén al servicio de la gloria de Dios, que es lo mismo que decir al servicio del bien de los demás, y no de nuestro egoísmo. Consecuencia lógica es la condenación de la prostitución, que es poner nuestro cuerpo al servicio del egoísmo, explotando además a una mujer como un objeto de placer a nuestro servicio.

La Eucaristía no es una devoción particular en la que se participa a título individual, prescindiendo de los demás. Es una celebración de la Iglesia, la familia de Jesús, que agradece al Padre el ser beneficiarios de la salvación traída por Jesús. Participar en la Eucaristía implica conocer cada vez mejor a Jesús, amarlo y servirlo, uniéndose a su entrega al Padre.

Primera lectura: Sam 3,3b-10.19: Habla, Señor, que tu siervo escucha

Salmo responsorial: Sal 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

Segunda lectura: 1 Cor 6,13c-15a. 17-20: Vuestros cuerpos son miembros de Cristo

Evangelio: Jn 1,35-42: Vieron donde vivía y se quedaron con él.

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