¡ay de mí si no predicare el evangelio!

         Las lecturas proclamadas presentan dos cuadros contrarios, en uno aparece la humanidad, personalizada en Job, sufriendo, lamentándose por una vida sin sentido y deseando llegue a su fin, en el otro San Marcos presenta a Jesús dando respuesta a esta situación con el comienzo del Reino de Dios y a Pablo consagrando su vida a darla a conocer y a acogerla. Se nos invita a los oyentes a valorar la obra de Jesús, a acogerla en nuestra vida y a darla a conocer.

         San Marcos, al comienzo de su relato, narra lo que hacía Jesús en un día, en concreto, en un día de sábado: comienza con la oración, continúa con el servicio a los demás, y termina con la oración. Comienza participando activamente en la oración litúrgica de su pueblo en la sinagoga, en la que enseña con autoridad y libera a un endemoniado (domingo pasado), sigue haciendo el bien curando a la suegra de Pedro, al atardecer a otros muchos enfermos y endemoniados, y ya de noche ora a solas a Dios su Padre. La oración, la íntima unión con su Padre, es el secreto de su actividad. La  oración le lleva a la actividad y la actividad a la oración.

         Jesús proclama que ya comienza la llegada del Reino de Dios y, como prueba de ello, cura a endemoniados y enfermos. No curó a todos, porque su tarea no fue destruir ahora la enfermedad y la muerte, ya que estos hechos pertenecen a su parusía; ahora curó a unos pocos como signo de la presencia del Reino, que implica un no al dolor y a la enfermedad, legitimando de esta forma que era el Mesías instaurador del Reino, ya que “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios...” (Mt 11,5). Más aún, quiso compartir por amor solidario la condición humana, sometida a la enfermedad, el dolor y la muerte, dándoles así un sentido redentor.

En general el AT veía la enfermedad asociada al mundo del mal y del pecado: “Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables; no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra... Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo y los de su partido pasarán por ella” (Sab.1,13-14; 2,23-24). En niveles populares esta vinculación de la enfermedad al mal llega al extremo de considerar endemoniados a ciertos enfermos que padecían enfermedades llamativas, como epilepsia y otras de tipo mental. Jesús no dio ninguna explicación sobre el dolor o la enfermedad (sólo negó que la enfermedad fuera directamente castigo del pecado [cf. Lc 13,1ss; Jn 9,1ss] sino que la combatió como perteneciente a un mundo destructor de la vida del hombre y hostil a Dios. Por eso curaba a los considerados endemoniados y demás enfermos. Para el NT la enfermedad es un “emisario de Satanás”, cuyas consecuencias negativas hay que combatir y se pueden superar con la gracia de Dios (2 Cor 12,7-9), y que acabará definitivamente con la resurrección final (1 Cor 15,54-57; Apoc 21,4). Ahora la presencia del Reino de Dios puede dar a la enfermedad un sentido pedagógico y redentor, ya que ayuda a experimentar nuestra realidad de criaturas débiles, y, por otra parte, unidos al dolor de Cristo, tiene valor redentor. Todo lo que sea aliviar o quitar dolor y enfermedad está relacionado con el Reino de Dios. Médicos, enfermeros, cuidadores de enfermos, están prolongando la obra de Jesús al servicio del Reino.

S Pablo nos recuerda la obligación de vivir y dar a conocer a la humanidad sufriente esta Buena Noticia. Es consciente de que la ha recibido gratuitamente y que tiene la obligación de compartirla: ¡Ay de mí si no evangelizare! Pero quiere devolver amor con amor y hacerlo poniendo algo extra de su parte y lo concreta en renunciar a derechos que tiene para facilitar la acogida del Evangelio, en este caso renuncia a que lo alimente la comunidad y por eso trabaja con sus manos, y positivamente en esforzarse para adaptarse a todo tipo de oyentes: “Me hago judío con los judíos… me hago todo a todos para ganar a alguno” (1 Cor 9,20s). A los cristianos en general no se nos piden cosas extras –esto depende del amor de cada uno-, solo se nos recuerda la obligación de compartir la Buena Noticia de la obra de Jesús, que da un nuevo sentido a la vida. El protagonista de la fe es Dios, pero quiere servirse de nuestra pobre colaboración humana. Todos estamos convocados a una nueva evangelización, luchando contra todo tipo de mal. En este domingo coincide además la Jornada contra el Hambre que organiza Manos Unidas. Dios ha creado alimentos para toda la humanidad y no quiere el hambre, fruto del egoísmo humano.

La celebración de la Eucaristía es importante en la obra del Reino. En ella, unidos a Jesús, nos ofrecemos al Padre para que cada vez vaya creciendo su Reino en nosotros y en nuestros ambientes. Para ello el Padre ofrece su ayuda con la que se pueden superar las dificultades. Esta unión al Padre por Jesús tiene que manifestar su legitimidad en nuestra entrega a los enfermos y necesitados de todo tipo.

Primera lectura: Job 7,1-4.6-7: la fragilidad del ser humano.

Salmo responsorial: Sal 146, 1-2. 3-4. 5-6: Alabad al Señor, que sana los corazones afligidos.

Segunda lectura: 1 Cor 9,16-19.22-23: ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!

Evangelio: Mc 1.29-39: Curó a muchos enfermos de muchos males.

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