la penitencia abre el paraíso

Los cristianos no somos masoquistas. No buscamos la penitencia y el sufrimiento por el sufrimiento, lo hacemos como preparación para la celebración de nuestra fiesta más importante, la resurrección de Jesús, fuente y origen de nuestra vida de hijos de Dios y fundamento de la Iglesia. Y junto a ella, nuestro bautismo, que como enseña san Pablo, nos injerta en Cristo resucitado (Rom 6,5) y nos hace partícipes de su vida de hijo de Dios. No tiene sentido agradecer un regalo, llevando en las manos ese regalo estropeado y en malas condiciones. Es un contrasentido, pues con la boca agradecemos y con los hechos negamos lo que decimos. Por eso el tiempo de Cuaresma es una invitación a examinar, reparar y vivir cada vez con mayor plenitud la gracia del bautismo, nuestra condición de hijos de Dios y miembros de la Iglesia, como paso previo a celebrar la Pascua.

En este contexto las lecturas proponen tres temas importantes, la primera alianza, en que Dios se revela como el Dios de la vida (1ª lectura), cuyas sendas son misericordia y lealtad (salmo responsorial); el bautismo, figurado en el arca de Noé según la 1 Pedro (2ª lectura) que salva de la muerte y hace participar en la nueva alianza anunciada por la de Noé. El breve relato de san Marcos sugiere de forma simbólica que Jesús, retirándose al desierto y superando la tentación, abrió de nuevo las puertas del paraíso, cerradas con el primer pecado de Adán, y a continuación nos invita a entrar en este paraíso por medio de la conversión y la fe.

Hoy día se habla de medicina preventiva. Realmente el que ama su salud, procura hacerse periódicamente chequeos para ver cómo está. Y si descubre algo negativo, nunca gusta, pero, en el fondo es algo bueno porque es el medio para extirpar algo que nos estaba destruyendo. En este contexto tenemos que ver la invitación a la penitencia. Si Dios es amor, hijo suyo es la persona que vive en el amor. Por eso con toda razón se resume la moral cristiana en el amor a Dios y al prójimo. Una acción es virtuosa o pecaminosa no por capricho de Dios, sino porque hace crecer en el amor o lo hace disminuir, incluso lo que es peor, lo mata. Cuaresma es una invitación a hacernos un chequeo en el amor. El relato del evangelio dice que el Espíritu empujó a Jesús al desierto, haciendo ver lo importante que es retirarse a reflexionar. Nuestro desierto es buscar tiempos para examinar cómo estamos a la luz de los mandamientos de Dios, que resumen las vertientes más importantes del amor a Dios y al prójimo. Igualmente escuchar conferencias y leer lecturas apropiadas, todo ello en contexto de oración, pidiendo al Padre nos ayude a ver cómo estamos. Y después de descubrir, hay que reparar, lo mismo que el médico, después del diagnóstico, receta un plan de curación. Nuestro plan comprende el sacramento de la penitencia y el trabajo personal de reconstrucción de nuestro corazón, plenamente filial y fraternal. Si la repetición de actos pecaminosos, crean “callos” en el corazón, que lo van endureciendo y haciendo insensible al amor, la repetición de actos positivos los irán destruyendo y abriendo al amor. La finalidad de la penitencia es crecer en el amor y espíritu de servicio. Se trata de ser cada día, con la ayuda de la gracia, más hijos de Dios y más fraternal, pues al final seremos examinados de amor.

Todo esto es manifestación de nuestra unión y seguimiento de Jesús, al que estamos unidos por el bautismo, y a quien tenemos que seguir e imitar. Decir que se ama y sigue a Jesús sin amar a los hermanos es un engaño.

La Eucaristía invita a agradecer al Dios de la vida, cuyos caminos son misericordia, el don del bautismo y pedir luz para conocer el don que hemos recibido de estar unidos a Jesús y seguirle por los caminos del servicio y del amor que nos conducen al paraíso, abierto por él.

Primera lectura: Gén 9,8-15: Alianza de Dios con Noé.

Salmo responsorial: Sal 24,4bc.5ab. 6-7bc. 8-9: Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

Segunda lectura: 1 Pe 3,18-22: Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva.

Evangelio: Mc 1,12-15: Era tentado por Satanás y los ángeles le servían.

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