compartir ahora la pasión de jesús para compartir su resurrección.

         Las diversas lecturas del día están relacionadas entre sí. La primera recuerda la opción de Abraham, que prefiere a Dios y su voluntad a su don. Dios le había prometido un hijo, objeto de una bendición especial. A pesar de las dificultades, pues su mujer era estéril, lo creyó. Y cuando el hijo era ya adolescente, el mismo Dios le pide que se lo ofrezca en holocausto. Realmente Dios no quería tal sacrificio, se trata solo de poner a prueba la fe de Abraham. Y éste, consciente de que Dios es fiel y se lo devolvería, aunque no sabía cómo, está dispuesto a obedecer. Pasando por encima de su dolor de padre, prefiere la voluntad de Dios a su hijo. Dios ve la opción del patriarca y no permite que siga adelante. Como recompensa de su fe, le “perdonará” este hijo y además lo hará padre de un gran pueblo, que somos todos los creyentes. Este relato sirve de telón de fondo de la entrega de Jesús (2ª lectura), a quien “el Padre no perdonó”, sino que entregó por todos nosotros, mostrando así el gran amor que nos tiene. Nosotros somos su pueblo, fruto de su entrega. Ahora Jesús nos invita a seguir su camino de cruz que culmina en su resurrección. El evangelio, con el relato de la transfiguración insiste en esta invitación. Tiene dos temas importantes: visión de la gloria de Cristo resucitado, que llena de alegría a los discípulos, y las palabras del Padre confirmando la invitación de Jesús a su seguimiento.

         Entusiasmarse con Cristo resucitado. En el bautismo nos hemos unido a la muerte de Cristo para participar también su resurrección. Es un proceso que corroboramos en cada Eucaristía y determina el dinamismo de nuestra vida cristiana. El cristiano, como todo ser humano, busca la felicidad. Los tres discípulos contemplaron la gloria de Jesús resucitado y quedaron entusiasmados, queriendo prolongar esa visión. La persona humana se mueve por los grandes ideales, por lo verdadero, lo bueno, lo bello, lo alegre. Pues Dios es en sí mismo Verdad, Amor, Alegría, Belleza y fuente de la misma y todo ello en su inefable unidad, por lo que en él verdad, amor, belleza, alegría son inseparables. Nos ha creado libremente y por amor para que participemos de la riqueza de su ser. Esta es la vocación humana, que los hombres persiguen, muchas veces sin saberlo. Acercarse a Dios es acercarse a la fuente de los grandes ideales, pero no de una forma abstracta –ser feliz, ser bueno- sino personalizada, amando a una persona. Esta meta se nos ha hecho posible por medio de Jesús. Por ello para el cristianos lograr la felicidad es una aventura de amistad con Jesús, a quien cada vez quiere conocer mejor, amar, imitar, seguir su camino, vivir en unión con él y llegar a la plenitud compartiendo su resurrección. El cielo es estar siempre con el Señor (1 Tes 4,17). Es una meta que llena todas las expectativas humanas. Las palabras de Pedro invitan a admirarlo: ¡Qué bien, (griego kalón) bueno, bello, auténtico, es estar con Jesús! Él es la Verdad, la Bondad, el Amor, la Alegría, la Belleza suprema personalizadas. En Él todo ello es inseparable y permanente.

         Escuchar la voz del Padre. Es interesante constatar cómo los discípulos pueden gozar la gloria divina reflejada en Jesús resucitado, nuestro único mediador, pero son incapaces de contemplarla en la nube de gloria que revela la presencia del Padre. Caen de bruces, abrumados. El Padre confirma el camino para compartir la gloria de Jesús: Este es mi Hijo amado, escuchadle. ¿Escuchar qué? Lo enseñado inmediatamente antes por Jesús: el anuncio de su muerte y resurrección y la invitación a seguirle por el camino de la renuncia a uno mismo, tomando la cruz en pos de él. El cristiano opta por el camino de la cruz, no por un triste masoquismo, sino porque es el verdadero, el que hace crecer en el amor y vivir la belleza y alegría de la vida y es el que conduce a la plena realización. Verdad, amor, belleza, alegría deben estar inseparablemente presentes en la vida del cristiano. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida (salmo responsorial).

         El Padre así nos reitera el camino de cuaresmal: salir de nuestros egoísmos y abrirnos al servicio de los demás, renunciando a todo tipo de indiferencia ante los sufrimientos ajenos, al contrario, trabajando por quitar lágrimas.

            En la Eucaristía actualizamos sacramentalmente todo este mensaje, proclamando la muerte y resurrección de Jesús. En ella damos gloria al Padre y Jesús nos alimenta para que compartamos ahora su pasión y así lleguemos a participar su resurrección.

Primera lectura: Gén 22,1-2.9a.15-18: Sacrificio de Abraham.

Salmo responsorial: Sal 115,10 y 15 16-17 18-19: Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

Segunda lectura: Rom 8,31b-34: Dios no perdonó a su propio Hijo.

Evangelio: Mc 9,1-9: Este es mi Hijo amado, escuchadle.

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