un corazón nuevo

En la oración de la misa de hoy pedimos compartir el mismo amor que llevó a Jesús a entregarse por nosotros. Una meta extraordinaria, que solo es posible con una renovación profunda del corazón, una buena tarea para estos días de oración cuaresmal. El corazón es el centro de la vida: de él procede todo lo bueno y lo malo, lo que pensamos, deseamos y hacemos (cf Mc 7,21-23). Todo lo que deseamos y hacemos ha sido pensado previamente en el corazón. Si el corazón es egoísta, todo lo que procede de él será egoísta, si es avaricioso, todo lo que proceda de él será avaricia,… Por el contrario, si el corazón es generoso, todos sus frutos será generosidad, como es el de Jesús. De aquí la necesidad de un corazón nuevo para crear un hombre nuevo y una sociedad nueva. Las leyes son buenas, pero en manos de un corazón malo se desvirtúan. No basta con saber lo que tenemos que hacer o recibir buenos consejos, porque en definitiva será el corazón quien administre estos conocimientos para el bien o para el mal. Pero, ¿quién puede cambiar el corazón? La palabra de Dios nos ofrece la respuesta.

         En la primera lectura Jeremías critica el incumplimiento de la antigua alianza sinaítica por parte del pueblo judío y hace un buen diagnóstico: se debe a que tienen un corazón de piedra. Por ello ofrece un remedio para llevar a cabo la nueva alianza: en nombre de Dios promete un corazón de carne, divinizado, que será fruto del perdón de los pecados: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones… yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo… cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados. El salmo responsorial nos invita a pedir este corazón nuevo: Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

Las siguientes lecturas nos hablan del cumplimiento gracias a la muerte y resurrección de Jesús. La segunda presenta la vida de Jesús como un sacrificio existencial pidiendo al Padre la plenitud de la vida para él y todos sus hermanos. El Padre le oyó por su amor confiado y le concedió esta plenitud a él y sus hermanos, que está disponible para estos en la medida en que le obedecen, siguiendo sus pasos, ofreciendo su vida con la de Jesús como sacrificio existencial por amor. El evangelio insiste en el tema de la fecundidad de la vida de Jesús con otra imagen, la del grano de trigo que cae en tierra, se pudre y germina produciendo una espiga. El grano es Jesús, la espiga nosotros.

Los bautizados hemos recibido en el bautismo este corazón nuevo: el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5,5). En el bautismo recibimos el Espíritu Santo, que perdona nuestros pecados, transforma nuestro corazón haciéndolo conforme al de Jesús, nos da el don de la fe y nos une a la Iglesia, haciendo realidad la promesa de la nueva alianza.

Pero todo esto se nos da como don y tarea. Es un regalo que tenemos que valorar y agradecer y una tarea, pues el corazón nuevo en nuestras manos está sujeto a nuestra libertad. Por eso en la Cuaresma se nos invita a analizar cómo tenemos el corazón y ver si realmente nuestro amor se parece al que movió a Jesús a entregar su vida por el mundo. En dos direcciones básicas se mueve este amor, el Padre y los hermanos. La primera invita a profundizar en nuestra confianza en el Padre, que nos ama. Es importante sentirse amados por él para que funcione el corazón nuevo. Por otra parte, el amor a los hermanos nos tiene que llevar a integrarnos cada vez mejor en la Iglesia y, junto con nuestros hermanos, entregarnos al servicio del prójimo, especialmente de los más necesitados.

        Jesús instituyó la Eucaristía como sacramento de la nueva Alianza. En cada celebración se hace realidad el fruto de la oración inicial de la celebración de hoy. Recibimos el amor del Padre por medio de Jesús que nos capacita para actualizar la nueva Alianza y agradecerla, y con ello gracia para crecer en ella, renovando nuestro compromiso de fidelidad a Dios y a los hermanos.

Primera lectura: Lectura del libro del profeta Jeremías 31,31-34: Haré una alianza nueva y no recordaré el pecado.

Salmo responsorial: Sal 50,3-4. 12-13. 14-15. 18-19: Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

Segunda lectura: Lectura de la carta a los hebreos 5,7-9: Aprendió sufriendo a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna.

Evangelio: Lectura del santo evangelio según san Juan 12,20-33: Si el grano de trigo cae en tierra da mucho fruto.

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