La resurrección, motivo de alegría

La Iglesia nos invita hoy especialmente a la alegría. El aleluya que repetiremos frecuentemente en este tiempo es una alabanza a Dios llena de alegría por el gran don de la resurrección de Jesús. La alegría es una necesidad vital del ser humano, un sentimiento de emoción y satisfacción del alma, que crea optimismo, ganas de vivir, valentía para afrontar todas las situaciones. El cristianismo es esencialmente una religión de alegría, pues su contenido es alegre noticia. Está al alcance de todos, pues es un don que da Dios por medio de su Espíritu a todo el que acepta el mensaje de la resurrección de Jesús. Por eso la Iglesia nos invita hoy y durante los cincuenta días que dura este tiempo pascual a profundizar en la alegre noticia de la resurrección, a hacerla nuestra en nuestra vida y a gozar con ella.No basta oír, hay que vivir.

El Evangelio de hoy recuerda el origen de la fe en la resurrección por parte de Pedro y Juan, en la primera lectura san Pedro proclama el mensaje de la resurrección y en la segunda san Pablo nos invita a acogerlo con una vida bautismal.

El Hijo de Dios se ha hecho hombre, compartiendo nuestra condición débil, sufriente y mortal, sometida a las limitaciones del tiempo y del espacio, exactamente igual que nosotros menos en el pecado. Hoy celebramos que ha conseguido transformarla, divinizándola y haciéndola plenamente partícipe de la condición divina que tenía antes de la encarnación. Si en su vida terrena su naturaleza humana estaba sometida a limitaciones, ahora goza plenamente de la perfección divina. Todo ello por obra del poder creador de Dios.

De por sí, el hecho de que una persona humana haya conseguido esta transformación, sería motivo de alegría, como cuando nos alegramos por las gestas heroicas de personas que se ha esforzado por conseguir metas humanas. Pero esto no explica la celebración cristiana. Celebramos y creemos que esta muerte y resurrección implica a toda la humanidad y consiguientemente a nosotros, que Jesús ha resucitado como primogénito de entre los muertos, como el primero que resucita y es causa de la resurrección del resto de la humanidad. En él la naturaleza humana queda divinizada para siempre; unidos a él, también nosotros tenemos acceso a esta divinización y plenitud. Gran motivo de alegría: la humanidad tiene futuro. La vida tiene sentido.

El motivo de esta unión entre la resurrección de Jesús y la nuestra es que el Hijo de Dios, al encarnarse, se hizo solidario y representante de la humanidad. A partir de ese momento, todo lo que hizo valía para él y para todos los que representaba. Su vida consistió en consagrarse a hacer la voluntad del Padre por amor, un amor extremo que lo llevó a la muerte. Y como Dios es amor, lo resucitó a él y concedió la misma meta a todos sus representados que ratifiquen en su vida el camino de su Hijo, una vida consagrada al amor.

Aunque en la liturgia de este domingo no se invite explícitamente a renovar las promesas bautismales, como se hace en la Vigilia Pascual, es conveniente aludir a ello, pues la segunda lectura es una invitación a vivir como bautizados.

En la celebración de la Eucaristía, damos gracias al Padre por la obra de Cristo y nos unimos a la vida de Cristo, una existencia consagrada al amor, como forma concreta de ratificar el camino nuevo que nos ha abierto y que conduce a nuestra participación en la resurrección.

Primera lectura: Hch 10,34a-37-43: Dios lo resucitó al tercer día

Salmo responsorial: Sal 117: Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo

Segunda lectura: 1 Cor 5,6b-8: Echad fuera la vieja levadura para ser una nueva masa

Evangelio: Jn 20,1-9: Entró en el sepulcro el discípulo; vio y creyó.

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