Primera lectura: Génesis 2,18-24. Serán los dos una sola carne.
Salmo: 127. Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.
Segunda Lectura: Hebreos 2,9-11- El santificador y los santificados proceden todos del mismo.
Evangelio: Marcos 10,2-16. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”

Ha menudo descubrimos en los medios de comunicación numerosas cifras acerca de las tasas de divorcio y separación de matrimonios. Describen la situación como si de algo anecdótico se tratara. Las causas que parecen favorecer dicha situación, por supuesto son pensadas en términos económicos, como no podía ser de otro modo en un mundo donde se sabe el precio de todo y se desconoce el valor. Buscan sin demasiado esfuerzo argumentos que justifiquen según ellos estos “naufragios afectivos”, menudo eufemismo para camuflar lo que supone para muchas personas verdaderas heridas que no cicatrizan nunca.

No hablan sin embargo de la auténtica tragedia que supone un proyecto de vida en común roto. De las muchas ilusiones que se han perdido. Pensamos que todo es susceptible de ser sustituido, que basta con cambiar piezas… la solución para algunos en el matrimonio cuando falla, es  pensar que la pieza era defectuosa y plantearnos si queremos reponerla o cambiarla.

 Las estadísticas parecen orgullosas de acercarnos a la media europea. Otra conquista más en el glorioso mercado europeo. Lentamente nos vamos haciendo tan infelices y desgraciados como aquellos a los que hemos envidiado durante años.

Una especie de sentimiento de inferioridad nos embargaba y tomábamos a Europa como el referente ideal y perfecto para nuestra vida. La pena es que no utilizamos las mismas encuestas para ver si somos o no más felices, más  o menos humanos. Esas no interesan, sin embargo sus datos arrojarían algo de luz en nuestra vida. Pero no quiero caer en la dinámica absurda de que la vida gira en torno a las encuestas.  Aunque bien mirado estas estadísticas deberían hacernos preguntar si se está haciendo todo lo posible para que los matrimonios puedan encontrar espacios y medios suficientes para poder vivir como tales.

Sin ánimo de ser exhaustivo me vienen a la cabeza situaciones que dificultan mucho la convivencia familiar y que no son prioritarias en el ámbito político o social: políticas fiscales que no ayudan a la economía familiar, desigualdad económica entre hombres y mujeres en el ámbito laboral, penalizaciones a las mujeres por estar embarazadas, excesivos problemas en la adquisición de la vivienda debido a una dinámica brutalmente especulativa y que obliga a las parejas a trabajar sin descanso, sacrificando su tiempo y cercanía,  propagación de una mentalidad divorcista que ha alcanzado metas increíbles en el denominado “divorcio express”, mentalidad utilitarista y excesivamente pragmática que busca en lo inmediato la compensación necesaria, una cultura que no está enfocadas a la felicidad de las personas sino a un trato que sólo potencia el ser consumidores.

La Iglesia observa con dolor esta situación y alza su voz como parte de su misión profética. Otra forma de vivir es posible. Una vida que se apoye en el designio amoroso del Creador. Un designio de unidad y de alianza que se sustenta en su amor del cual nos alimentamos.   

Ramón Carlos Rodríguez García, sacerdote

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