“El que no está contra vosotros está a favor vuestro”

Primera lectura: Números 11,25-29. ¡Ojala todo el pueblo del Señor fuera profeta!
Salmo 18. Los mandatos del Señor alegran el corazón.
Segunda Lectura: Santiago 5,1-6. Vuestra riqueza está corrompida.
Evangelio: Marcos 9,37-42.44.46-47. El que no está contra vosotros está a favor vuestro.

El domingo anterior el Señor nos mostró la clave necesaria para una comunidad realmente alternativa: ser el servidor de todos. Hoy nos sigue presentando los rasgos fundamentales que deben definir a esta nueva comunidad. Un primer rasgo es que ésta es una comunidad sin fronteras. Ante la pregunta del apóstol Juan sobre la actuación de un “exorcista sin credenciales”, Jesús rehúsa impedir al hombre su actividad y además  replantea la pregunta del discípulo pues quien libera y sana en nombre de Jesús aunque no sea discípulo suyo no anuncia nada malo de Él.   

Tenemos que comprender lo que significa “expulsión de demonios”. En estos relatos de milagros, el evangelio cuenta cómo las personas experimentaron, a través de Jesús un primer efecto del Reino de Dios; es decir, cómo percibieron una extraordinaria liberación. Las víctimas no estaban en condiciones de liberarse por su propia fuerza. Ellos y sus parientes más cercanos buscaban con confianza la ayuda de Jesús. Ésta experiencia liberadora fue el comienzo de un seguimiento más profundo.     

Aunque aquel desconocido no pertenece a la comunidad está unido a Jesús, el impedimento del seguimiento parece superado. La comunidad se amplía. Todos los que defienden la vida, la dignidad del hombre, aquellos que centran sus esfuerzos en los débiles, los humillados, los abandonados, los olvidados, lo sepan o no  están muy cerca de Jesús. Todos los cristianos debemos entonces alegrarnos de que la actividad del Espíritu Santo inunde toda la tierra y encuentre fruto en tantos hombres y mujeres.

La hospitalidad es también un signo imprescindible de la nueva comunidad. Dar un vaso de agua es el primer gesto de alojamiento. Los discípulos necesitan de tal hospitalidad y de la bienvenida en el lugar adonde son enviados. Quien ofrece un mínimo servicio a uno de ellos, Dios le obsequiará abundantemente.

Las imágenes apocalípticas, simbolizadas con acciones sobre los principales miembros corporales, desarrollan un objetivo importante: la comunidad ha de esforzarse por no ser un mal ejemplo. Todas estas advertencias son una fuerte llamada de atención que buscan ayudar a la comunidad en el tiempo presente a realizar adecuadamente su misión.

La imagen de la sal acentúa la singularidad de la misión. La comunidad, los enviados deben dar sabor a todo. No pueden perder el aroma o la capacidad de darlo. Otra seria advertencia  para que la comunidad cuide su entusiasmo anclado en Jesucristo. 

Jesús deja para el final posiblemente la referencia al mejor don y bien por excelencia de toda comunidad: la paz.  Una paz que encuentra en Cristo su fundamento. Esa misma paz que yo les deseo.

Ramón Carlos Rodríguez García. Sacerdote

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