proclamar el perdón de los pecados

Durante el tiempo de Pascua la Iglesia invita a profundizar en las diversas facetas de la resurrección de Jesús, muchas de las cuales ya participamos en el bautismo, que hemos renovado en estos días. En concreto el evangelio de hoy resume la obra salvífica de Jesús resucitado en el perdón de los pecados. Este es el mensaje básico que los apóstoles tienen que proclamar en todas partes. Las otras dos lecturas se hacen eco de este mensaje por boca de dos apóstoles. En Hechos de los Apóstoles Pedro invita a la conversión para obtener el perdón de los pecados y en la 2ª lectura Juan afirma que el perdón es efecto fundamental del sacrificio existencial de Jesús, de su muerte y resurrección.

Cuando algo es fácil de obtener, se puede desvalorizar. Cuando hay mucha fruta en el mercado, baja el precio…Y esto puede suceder con el perdón de los pecados que se puede conseguir fácilmente en el sacramento de la penitencia... Pero tiene un sentido muy importante, que la palabra de Dios pone de relieve. La sociedad se arregla desde dentro y desde fuera. Desde fuera las leyes y autoridad del Estado imponen un orden en función del bien común, pero desde dentro hace falta personas con un corazón bueno que busquen sinceramente este bien común. En esta línea interna está el perdón de los pecados, que no es una simple realidad negativa mi meramente interna, sino muy positiva con un dinamismo que exige manifestarse necesariamente al exterior.

El bautismo es cumplimiento de la promesa anunciada por el profeta Ezequiel (36,24-27): Os tomaré de entre las naciones…Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas. Habitaréis la tierra que yo di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios. Al recibir el agua bautismal, Jesús resucitado envió sobre nosotros su Espíritu que nos ha perdonado, ha transformado nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, nos ha hecho miembros de un pueblo nuevo que vive en estrecha alianza con Dios y hace su voluntad. Somos nuevas criaturas, hijos de Dios y hermanos entre nosotros, miembros del pueblo de Dios.

El corazón es el centro de la vida de la persona. Hablar de transformar el corazón es decir que la fuente de donde mana nuestra vida – lo que pensamos, deseamos, hablamos, hacemos - ha sido divinizada. Es una nueva capacidad que se nos ha regalado, con la que tenemos que colaborar libremente para que se haga realidad en nuestra vida y se manifieste en todas nuestras actividades. Decir que hemos recibido el Espíritu Santo que transforma nuestro corazón no es afirmar que hemos perdido la libertad y que el Espíritu nos trata como autómatas. El Espíritu necesita nuestra libre colaboración para realizar su tarea que tiende a nuestra plena divinización, y como Dios es amor, a nuestra plena inmersión en el mundo del amor misericordioso. Por eso al final seremos examinados de amor. La palabra de Dios nos invita hoy a ser conscientes de esta realidad y a colaborar con ella transformando nuestra vida y nuestras relaciones sociales. Lo que pensamos, deseamos, hablamos y actuamos tiene que estar animado por el amor y tender a crear un mundo de acuerdo con el plan de Dios.

La confesión frecuente, con la periodicidad que convenga a cada uno, es un medio importante para esta tarea de colaboración. Implica hacerla con la debida preparación si no se quiere incurrir en el peligro de banalizarla. En ella con la ayuda del Espíritu vamos avanzando en el camino de la transformación progresiva del corazón, progresando en el camino del amor.

Y especialmente la Eucaristía es momento privilegiado de perdón, en la medida en que nos unamos a Cristo y a su ofrenda existencial al Padre.

Primera lectura: Hch 3,13-15.17-19: Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos.

Salmo responsorial: Sal 4,2.7.9: Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor.

Segunda lectura: 1 Jn 2,1-5a: Él es víctima de propiciación por nuestros pecados y también por los del mundo entero.

Evangelio. Lc 24,35-48: Así estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día.

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