Levántate.

Primera lectura: Sabiduría 1,13-15; 2,23-25. Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo.
Salmo 29. Te ensalzaré Señor, porque me has librado.
Segunda lectura: 2 Corintios 8,7-9.13-15. Vuestra abundancia remedia la falta.
Evangelio: Marcos 5,21-43. Contigo hablo, niña, levántate.

Nos encontramos con Jesús que regresa a la otra orilla del lago de Galilea, lugar de vocación (1,16-20; 2,13-17) y enseñanza (3,9; 4,1).     

Jairo se inclina ante Jesús con gran respeto y manifiesta una gran sinceridad implorando que imponga las manos sobre su hijita enferma. Jesús se muestra dispuesto y emprende el camino con él. No debemos olvidar la posición que ocupa Jairo, es el jefe de la sinagoga, su misión es dirigir la liturgia y nombrar a sus colaboradores. También es el responsable del local donde se celebra la liturgia. Sólo los hombres más sobresalientes de la localidad pueden realizar este ministerio.

Este camino depara aun muchas sorpresas y el encuentro con el sufrimiento humano no ha hecho sino comenzar. Entre toda la gente que acompaña a Jesús por el camino hacia la casa de Jairo se encuentran a una mujer con hemorragias. Esta enfermedad es causa de impureza y de exclusión social. El contacto con una persona afectada por esta hemorragia o con objetos  de su uso, la hacen igualmente impura.

Asistimos por lo tanto a dos desesperados intentos  que ansían  liberarse de un mal, por una parte el de un padre que no duda en acudir a Jesús para que salve a su pobre hija moribunda y por otro el de una mujer, que no vive como mujer y que es tratada como una muerta en vida.

El tema de la muerte rodea la narración y sólo en Jesucristo haya un poco de luz y auténtico principio de vida.

Quisiera centrarme en este Domingo en la figura de la hemorroisa. La mujer ha hecho todo lo que estaba en su mano para liberarse de la enfermedad. Ha gastado su dinero en busca de soluciones que sólo han resuelto la economía de otros. Sin embargo su enfermedad se agravó con los años, concretamente durante doce, la misma edad que la hija de Jairo.

Su situación de impureza le impide acercarse a Jesús, por lo tanto utiliza de toda su discreción para rozar aunque sea su manto y aliviar su tormento.

Ante una multitud que es incapaz de reconocer las propias fronteras que ha delimitado y una mujer que salta todas las barreras sociales y religiosas de su época, nos encontramos a Jesús que es capaz de distinguir el corazón de alguien que sufre en medio de apretujones y zarandeos.

Jesús no se contenta únicamente con devolver la salud a quien la ha suplicado durante tanto tiempo, tiene para ella preparado algo más, algo que ni ella misma podía sospechar, algo que su enfermedad le impedía. Jesús quiere ayudarla a reintegrarse en la vida. Él alaba su fe y confirma su curación.

Esta experiencia es un modelo de fe para todos los cristianos. La mujer representa a aquellos que durante muchos años han estado marcados por la dureza de la vida. No ha encontrado la ayuda de los hombres y los médicos aceptando su dinero fueron incapaces de sanarla. Ha realizado esfuerzos decididos por vencer a toda costa su enfermedad. Todo ha sido inútil. Cuando oye hablar de Jesús, todas sus esperanzas se concentran en Él.

Por ello no duda en ponerse en camino, abriéndose paso hasta llegar donde Jesús. Allí comienza su fe. Esta confianza, combinada con la acción decidida le prepara para acoger la misericordia de Dios.

La petición de Jesús para que se descubra, no tiene otra intención que sacarla del oscuro laberinto en el que se encontraba. De esta manera Jesús posibilita una reintegración de la mujer en la sociedad. Ahora tiene la ayuda de Dios que le proporciona el valor necesario para volver a ocupar en el futuro su puesto sin temor.

Esta mujer valiente apunta con su determinación dónde podemos encontrar auténtica esperanza. Jesucristo sigue siendo para nosotros el verdadero camino, la auténtica verdad, la vida con mayúsculas. Ir a su encuentro es una búsqueda segura y fructífera.

Ramón Carlos Rodríguez García, sacerdote

Pin It

BANNER02

728x90