“mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado”

         La palabra de Dios continúa recordando el mensaje pascual: de labios de Pablo escuchamos que Cristo ha resucitado y se ha convertido en su vida y alegría (1ª lectura). 2ª lectura y evangelio explican cómo es la vida nueva, sus exigencias (creer y amar) y consecuencias (compartir la vida de Jesús y su alegría).

La alegoría de la vid y los sarmientos quiere explicar la situación pascual de los bautizados, íntimamente unidos a Cristo resucitado, cuya vida participan: entre Cristo resucitado y los cristianos hay comunión de vida, lo mismo que los sarmientos, unidos a la vid, comparten la sabia vital que los alimenta, los hace crecer y dar fruto. Es fundamental para el bautizado mantener la unión con Cristo, mantenerse en la vid. La 2ª lectura nos aclara que esto se consigue viviendo en la fe (confiar en Jesús, poner nuestra vida en sus manos) y viviendo de acuerdo con la “sangre” o sabia de Jesús, que es el amor.

         La vid es de Dios Padre, que la ha plantado resucitando a Jesús y uniendo a él en calidad de sarmiento a toda persona que cree y se bautiza. Dios Padre, como buen agricultor, cuida la vid para que dé fruto abundante. Esto exige permanecer unido a Jesús, porque sin él, sin su sabia, no hay vida ni crecimiento. Hay dos posibles situaciones del sarmiento, que permanezca unido a la vid o que no permanezca unido. En el primer caso, crecerá y dará fruto. Entonces el Padre lo podará, permitiendo pruebas y sufrimientos, con una intención positiva: para que dé más fruto. La poda se refiere a la lucha propia de la vida cristiana, en la que hay que superar las propias tendencias negativas y las contradicciones que nos vienen de fuera. Todo ello debe servir para fortalecer el amor y con ello la unión con Cristo. En el segundo caso, el sarmiento se secará, se hace inútil y es echado al fuego. La 2ª lectura ha recordado lo que es estar separado, no creer ni amar.      

Amar es vivir de acuerdo con la palabra de Jesús y esta es amor, no un amor cualquiera, sino el amor existente entre el Padre y Jesús. Jesús nos ama con este amor y en este amor hemos de permanecer para dar fruto: Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.

El resultado de esto es una vida con sentido y llena de alegría, compartiendo la alegría de Jesús, que a su vez es la alegría del Padre, fuente de la alegría: Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado (Jn 15,9-11).

La alegría es fundamental en la vida humana. Todos la necesitamos y buscamos, con frecuencia en lugares equivocados. Jesús nos ofrece el verdadero manantial, vivir unidos a él. A más unión con Jesús, más alegría, hasta que al final compartamos plenamente su alegría. Por eso la obra de Jesús se llama alegre noticia, evangelio. Esta alegría debe estar presente en toda la vida cristiana, como nos recuerda el papa Francisco en su encíclica La alegría del Evangelio.

         La Eucaristía es el medio privilegiado que emplea el Padre para cuidar la vid; en ella nos invita a unirnos al sacrificio de Jesús. En la medida en que lo hagamos recibiremos sabia que nos ayudará a dar frutos de vida eterna, viviendo una existencia con sentido y alegría.

Primera lectura: Hch 9,26-31: Les contó cómo había visto al Señor en el camino.

Salmo responsorial: Sal 21: El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.

Segunda lectura: 1Jn 5,1-8: Éste es su mandamiento: que creamos y que amemos.

Evangelio: Jn 15,1-8: El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante.. y comparte mi alegría.

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