LA VERDADERA VID, LA VERDADERA VIDA

Primera lectura: Hechos 9, 26-31. Saulo se quedó con ellos.
Salmo 21. El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.
Segunda lectura: 1 Juan 3,18-24. Éste es su mandamiento, que creamos y nos amemos.
Evangelio: Juan 15, 1-8. El que permanece en mí da fruto abundante.

El domingo anterior celebrábamos con júbilo a Cristo como buen pastor. Esta semana nos sorprendemos una vez más al escucharle como la verdadera vid. Es una alegoría con un profundo sentido eclesiológico, comunitario y personal. No es el árbol reducido al tronco sino que es la vid, incluyendo también los sarmientos y el fruto. La unión con la vid, que se subraya en el verbo “permanecer”, y que nos indica la profunda intimidad, es condición indispensable para tener vida y que esa vida de fruto.

La vid es una hermosa imagen que la tradición profética desarrolló para referirse al pueblo de Israel. El cuidado y la atención amorosa que Dios le profesaba de forma constante expresaban la preocupación de Dios por su pueblo (Salmo 80; Jeremías 2,21-22; Ezequiel 19,10-12).  Es esta narración Jesús afirma que Él es la verdadera vid, es decir, el verdadero pueblo de Dios es el que se mantiene en Él. La nueva comunidad sólo tiene vida si participa de la vida de Jesús. Tanto el discípulo como la comunidad son estériles si no reciben su Espíritu.

Si Jesús es la vid, el Padre es el viñador. Su actividad es la poda. Como buen viñador se preocupa de su huerto. La poda es una actividad necesaria para la planta y muy frecuente en el campo. No es una mutilación, muy al contrario tiene como objetivo que la vid, en este caso, pueda dar más fruto.  En este tiempo de Pascua de resurrección podríamos a la luz de este texto valorar cuáles podrían ser las podas que necesitamos. Existen brotes de orgullo y soberbia que estorban y deforman nuestro crecimiento, pero también están presentes aquellos que buscan exclusivamente la comodidad y miran con distancia el sufrimiento del mundo. ¡Necesitamos una pequeña limpieza! El Padre nos poda a través de la gran comunidad de la Iglesia, de los pobres, de los que nos critican, de la vida... tampoco debemos temer esas podas, son necesarias. Nos harán fuertes y nos unirán mucho más al Señor.

Ésta es la tarea que debe buscar el discípulo de forma infatigable: vivir unido a Jesús. La garantía para que la comunidad y todos sus miembros puedan dar fruto es sentir cómo la savia de Cristo circula por sus venas. Esta realidad es posible gracias al resucitado presente, vivo y glorioso en medio de la Iglesia. Este hermoso relato nos ayuda a redescubrir y valorar nuestra participación en la Eucaristía. No es una comunidad de desconocidos sino de hermanos que unidos como sarmientos a la vid nos nutrimos y crecemos llenos de vigor. 

Ramón Carlos Rodríguez García, sacerdote

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