El Espíritu Santo, alma de la iglesia

 

El pueblo judío celebraba en Pentecostés la fiesta de la alianza y el don de la Ley. Ese mismo día, según san Lucas, quiso Dios enviar sobre la Iglesia naciente el Espíritu Santo, significando con ello que el Espíritu Santo es el alma de la Nueva Alianza y la nueva Ley que la rige, el gran don de de la resurrección de Jesús. La liturgia de hoy invita a dar gracias a Dios por el don del Espíritu Santo, alma de la Iglesia y de cada uno de sus miembros y a tomar conciencia de la necesidad de colaborar con él como miembros vivientes del Cuerpo de Cristo.

 

En el bautismo cada uno de nosotros lo hemos recibido, nos ha incorporado a Cristo resucitado y nos ha convertido en miembros vivientes de su Cuerpo, que es la Iglesia, cada uno con una tarea concreta dentro de ella. Lo mismo que en cuerpo humano hay diversidad de miembros, pero un solo cuerpo, así en la Iglesia el Espíritu crea diversidad de miembros pero un solo cuerpo, cuya cabeza es Cristo resucitado.

 

En ella todos los miembros son necesarios y han de actuar, movidos por el Espíritu, de forma solidaria al servicio de los demás. Por ello es necesario que todos y cada uno tome conciencia de su importancia dentro de este cuerpo y de la tarea que tiene que realizar. Es un gran error identificar la Iglesia con el papa y los obispos o de forma general con curas y monjas o con la institución eclesiástica, escurriendo con ello la propia responsabilidad en el servicio que tiene que realizar. Es verdad que los miembros que han recibido el servicio de presidir en la caridad al pueblo de Dios tienen una responsabilidad especial, pero esto no justifica que los demás servicios no funcionen, como son el servicio de la enseñanza y las diversas formas de asistencia a los necesitados, por una parte, y el servicio de trabajar por una familia que sea verdaderamente una iglesia doméstica, testigo del Evangelio, y el servicio por una sociedad justa y solidaria como Dios quiere. Cada uno debe plantearse cuál es su tarea y afanarse en su cumplimiento.

 

Para esta tarea no estamos solos. Nos acompaña Cristo resucitado con su Espíritu, haciéndonos ver lo que tenemos que hacer y dándonos fuerzas para realizarlo. El relato del evangelio nos ha recordado cómo Jesús era consciente de que sus discípulos no entendían todo lo que él les estaba diciendo, pero les prometió la ayuda del Espíritu que les ayudaría a comprender y a profundizar en el sentido de sus palabras. Es una promesa que se ha hecho realidad a lo largo de la historia de la Iglesia, en la que el Espíritu ha ayudado a la Iglesia a profundizar en las palabras de Jesús en concilios y declaraciones de forma que pueda iluminar todos los problemas de su incumbencia.

 

El Concilio Vaticano II se hace eco de esta promesa cuando declara «esta Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo, es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones trasmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón, cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos sucesores de los apóstoles en el carisma de la verdad» (DV 8). El Espíritu ayuda a profundizar al que busca responder mejor a la voluntad de Dios.

 

La 2ª lectura, por otra parte, nos recuerda que el Espíritu nos capacita para realizar nuestra tarea superando las inercias de las malas inclinaciones para que realmente nuestro servicio sea verdadera colaboración al pueblo de Dios. Para ello nos ofrece las nueve facetas inseparables del don del Espíritu en tres ternas: donde está el Espíritu tiene que haber amor, alegría y paz, / capacidad de comprender al otro, servicialidad, bondad, / lealtad, amabilidad, dominio de sí.

 

El Espíritu es el protagonista de la celebración eucarística: es él quien nos une en Iglesia y nos capacita para orar; es él el que convierte la proclamación de las lecturas en palabra viva de Dios y abre los corazones para acogerla; es él el que transforma el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo y el que nos une al sacrificio de Cristo y por él al Padre. Siempre que recibimos a Jesús, recibimos con él su Espíritu.

 

Primera lectura: Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2,1-11: Se llenaron todos de Espíritu Santo y comenzaron a hablar

Salmo responsorial: Sal 103: Envía tu Espíritu, Señor, y repueblas la faz de la tierra

Segunda lectura: Lectura de la carta de san Pablo a los Gálatas 5,16-21: El fruto del Espíritu

Evangelio: Lectura del santo Evangelio según san Juan 15,26-27; 16,12-15: El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena.

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