Dichosos los que creen sin haber visto

Primera lectura: Hechos 4,32-35. Los creyentes pensaban y sentían lo mismo.
Salmo 117: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
Segunda lectura: 1 Juan 5,1-6. El Espíritu es quien da testimonio.
Evangelio: Juan 20, 19-31. Acerca tu dedo y comprueba.

Tres bloques nos ayudan en la profundización de esta preciosa e importantísima escena del evangelio. En la primera (vv 19-23), Jesús vuelve a los suyos. Su venida hace desaparecer el miedo, capacita para la misión, les llena de su Espíritu. Se convierte para siempre en el centro de la comunidad cristiana. Una comunidad que adquiere su sentido alrededor de su Señor vivo y presente, crucificado y resucitado.

La segunda parte (vv. 24-29) nos relata la incredulidad de Tomás. Aquel mismo que en una ocasión estuvo dispuesto a morir con el Señor (Juan 11,18) no confía en la palabra de sus hermanos que dicen haberle visto resucitado y tampoco se hace eco de las palabras del Señor sobre el triunfo de la vida sobre la muerte. Pero es que Tomás está ausente de la comunidad, quiere tener una experiencia personal e individual, pero ajena a la comunidad. Está lejos de ella en el primer día de la semana, es decir, el Domingo, el día en el que se reúne la comunidad, inicio de la Iglesia para celebrar la fracción del pan, para la oración. Tomás tiene todavía que entender y acoger a Cristo resucitado presente en el seno de la comunidad. Hoy podríamos subrayar no sólo el escepticismo de nuestra sociedad, de nuestra vida en la figura de Tomás, también la imposibilidad de experimentar al resucitado lejos de la comunidad. La Iglesia hoy, una vez más se convierte en el cenáculo privilegiado que nos puede mostrar al Cristo crucificado y resucitado. Cada domingo en la eucaristía Cristo nos regala su paz, aquella que dista tanto de la que engañosamente nos ofrece el mundo. Hoy la palabra “paz”, desgraciadamente, apenas significa otra cosa que ausencia de guerra, cese de hechos violentos de sangre, o el no tener conflictos personales. La paz que nos ofrece Jesús designa la armonía del ser humano consigo mismo y con los demás, con la naturaleza y con Dios, el disfrute gozoso y exultante de la vida, la convivencia en el respeto y la justicia.

Cada domingo Jesús nos sigue regalando esa paz, su espíritu y nos sigue enviando al mundo para dar testimonio igual que él fue enviado por el Padre. Todo eso es imposible sin la comunidad, sin la Iglesia.

El tercer bloque (vv. 30-31), es la primera conclusión del Evangelio. La finalidad del testimonio del evangelista y su comunidad es que creamos en Cristo y mediante esta fe tengamos vida. Es toda una invitación a VIVIR y no debemos rechazarla.

A veces me sorprende la dureza para recibir el mensaje de Cristo que es predicado fielmente por su Iglesia, un mensaje que da Alegría, y sin embargo en ocasiones con qué credulidad acrítica acogemos cualquier escrito que provoca confusión y no aporta nada a la vida del hombre. Este tiempo de Pascua es una oportunidad extraordinaria para releer los evangelios, sobre todo los textos que aluden al resucitado.

Feliz Pascua de Resurrección

Ramón Carlos Rodríguez García, sacerdot

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