eucaristía, sacrificio de la nueva alianza

 

Las lecturas de esta fiesta invitan a celebrar la Eucaristía como participación de la nueva alianza. La primera recuerda cómo el pueblo judío ratificó la alianza sinaítica con Dios en el monte Sinaí: se leyeron las cláusulas de la alianza y el pueblo las aceptó, entonces Moisés roció con sangre un altar, símbolo de Dios, y doce pequeñas estelas que representaban las doce tribus. La sangre es símbolo de la vida y, al rociar con la misma sangre, estaba significando que ya compartían la misma vida, Yahvé era su Dios y ellos eran su pueblo. Pero todo esto era simbólico e imperfecto, como pone de relieve la segunda lectura.

 

Por ello Jesús con su propia sangre ha creado una nueva alianza en la que nos une a Dios de verdad, pues perdona los pecados, nos hace hijos de Dios y capacita para vivir como tales, amando a Dios y a los hermanos. Su sacrificio no consistió en matar animales sino en ofrecerse a vivir haciendo la voluntad del Padre hasta la muerte por amor. Es el único sacrificio agradable a Dios. Finalmente el relato del evangelio nos recuerda que el sacramento de la Eucaristía, que hoy celebramos, es el memorial que Jesús nos ha dejado para que nos unamos y compartamos su sacrificio y así renovemos nuestra participación en la nueva alianza, que ya comenzamos con el bautismo.

 

La celebración de esta fiesta cada año debe ayudarnos a refrescar nuestra fe en la Eucaristía y sus implicaciones. En este año concreto invita a tomar conciencia de que somos miembros de la nueva alianza, del pueblo de Dios.

 

El hombre no puede vivir solo ni humana ni religiosamente. Humanamente necesitamos de nuestros padres, de nuestra familia, de la sociedad. Religiosamente necesitamos de Dios y de la comunidad cristiana. Dios, que es comunidad, uno y trino, nos ha creado a su imagen y semejanza y quiere que vivamos como hijos suyos, con nuestra personalidad y responsabilidad, pero en dependencia de él y de los hermanos, que son inseparables. Fácilmente caemos en el engaño de querer vivir unidos a Dios sin relación con los demás, que es imposible, pues por el bautismo estamos todos integrados en el cuerpo de Cristo, en el que vivimos unidos a Dios Padre y a los hermanos.

 

Siempre que celebramos la Eucaristía ratificamos nuestra voluntad de vivir haciendo la voluntad del Padre unidos a Jesús y a los hermanos. Y siempre que comulgamos nos unimos a Jesús y a los hermanos. La liturgia invita a hacer un breve acto de fe inmediatamente antes de comulgar: “El Cuerpo de Cristo. Amén”, donde Cuerpo se refiere a la cabeza y los miembros. Normalmente pensamos en Cristo cabeza, pero también entramos en comunión con sus miembros.

 

Esto implica compromiso de vivir integrados en la comunidad cristiana, cada uno según sus cualidades y posibilidades, recibiendo y prestando ayudas para caminar todos juntos y ayudarnos mutuamente. Con todo fundamento la Iglesia ha unido esta celebración a Caritas, que no es una ONG, sino el brazo de la Iglesia para su servicio a los demás, especialmente a los necesitados. Una comunidad que celebra la Eucaristía necesita organizarse para llevar a cabo todas las exigencias de comunión que implica la Eucaristía. La “verdad” de una celebración solemne de la Eucaristía se comprueba en la “verdad” de una Caritas eficiente.

 

La celebración de hoy invita a agradecer el don de la Eucaristía y a vivir sus implicaciones de miembros de la nueva alianza.

 

Primera lectura: Éx 24,3-8: Esta es la sangre de la alianza que hace Dios con vosotros.

Salmo responsorial: Sal 115: Alzaré la copa de la salvación invocando tu nombre.

Segunda lectura: Hebr 9,11-15: Cristo por el Espíritu se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha y es mediador de una alianza nueva.

Evangelio: Mc 14,12-16.22-26: Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre de la alianza.

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