La pasión por tu casa me devora

Primera lectura: Éxodo 20,1-17 La ley fue dada por Moisés.
Salmo 18, 8-11: Señor, tú tienes palabras de vida eterna.
Segunda lectura: 1 Corintios 1,22-25. Predicamos a Cristo crucificado.
Evangelio: Juan 2,13-25. Destruid este templo y en tres días lo levantaré.

El domingo pasado éramos invitados a subir al monte como discípulos, para poder contemplar a Jesús en su divinidad. Hoy la invitación es acompañar a Jesús en su entrada en el templo de Jerusalén. Vuelve a sorprendernos. Aquellos que ven en el Señor una imagen ñoña, falsamente dulzona o ajena al temperamento humano pueden admirar este pasaje repleto de fuerza y pasión.

La acción de Jesús expulsando a mercaderes y negociantes no nos deja indiferentes. Su gesto está dentro de la acción profética. La escena pretende comunicarnos una enseñanza y debemos permanecer atentos. En la relación con Dios el ser humano debe situarse en clave de gratuidad. Aquellos que sólo buscamos el propio interés bloqueamos y pervertimos esta comunicación. Jesús se rebela e indigna cuando sólo pretendemos sacar partido de este don tan grande que es la amistad de Dios.

Nuestros intereses egoístas no pueden prevalecer y marcar el ritmo de nuestra respuesta y acogida a Dios. Jesús quiere ponernos sobre aviso y redescubrir cómo también nuestras relaciones con los demás deben fraguarse de esta manera. ¿Hasta qué punto hago de la gratuidad y no de mezquinos intereses un programa de vida? Esta cuaresma nos ayuda a purificar nuestra amistad con Dios y con los hombres.

Hay otro punto que no podemos pasar por alto. El comportamiento de Jesús nos recuerda las palabras del salmista: “La pasión por tu casa me devora” (Salmo 69,10). Encontramos en Jesús a aquel que está profundamente apasionado por la misión que el Padre le ha otorgado. Va a poner todo su ser en realizar el plan de Dios. Ama profundamente a Dios y ama profundamente al ser humano. Su amor no es una entelequia o una pura abstracción, se concretiza en cada momento de su vida, se cristaliza en la pasión, es valorado por el Padre en la resurrección. ¿Y nosotros? ¿Cómo andamos de pasión, pasión por el evangelio, pasión por la vida, pasión por Dios? Este mundo necesita hombres y mujeres enamorados de Dios, apasionados por su causa. La mediocridad no puede ser la aspiración de los bautizados. Decía F. M. Dostoievsky que nada hay más apasionante que la realidad. Hoy Jesús nos descubre esta realidad repleta de Dios. Nada hay más apasionante que Dios.

Ramón Carlos Rodríguez García, sacerdote

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