Este es mi Hijo, a quien yo quiero, escuchadlo

1 Lectura: génesis 22,1-18. El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe. Salmo 115,10-19: Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida. 2 Lectura: Romanos 8,31-34. Dios no se reservó ni a su propio hijo. Evangelio: Marcos 9,2-10. Éste es mi Hijo amado.

En este fragmento del Evangelio de Marcos la montaña vuelve a cobrar gran importancia. Es el lugar de la revelación de Dios. Jesús percibe las dificultades de sus discípulos. Necesitan aclararse y recobrar fuerzas. El Padre va a revelar la verdadera identidad de Jesús y la parada en el monte es una necesaria pausa, en medio de un camino cada vez más duro. Dios Padre va a reconocerlo como el hijo amado. Apuesta por el itinerario que ha escogido Jesús, convirtiéndolo en norma de vida.

Nos encontramos ante una realidad muy similar al momento del Bautismo de Jesús. Sin embargo percibimos algunas novedades muy importantes: en aquel momento la revelación era sólo para Jesús. Aquí la revelación es para los discípulos...para los lectores, para los escuchantes de la Palabra. Se nos transmite, no un conocimiento meramente intelectual, sino una forma de vivir. En adelante los discípulos y quienes quieran serlo, tendrán que aprender a escuchar a Jesús. El grito es implacable: Escuchadlo. La tarea del seguidor de Cristo es por lo tanto un permanente esfuerzo para interiorizar y seguir su voz.

En medio de la Cuaresma, Cristo nos recuerda que es fundamental saber dosificar las fuerzas y poner nuestro corazón en lo que realmente es importante. También es necesario saber descansar y recobrar el aliento. Los cristianos comprendemos que sólo en Él podemos aliviar nuestro fracaso y revitalizar nuestra vida. Podría ser un buen momento para valorar aún más la Eucaristía. Ese es nuestro Tabor particular y también comunitario. Allí nos encontramos con Cristo tras una semana de esfuerzos y desgastes. En ella escuchamos la Palabra y cumplimos con el mandato de Dios Padre. Nos alimentamos con el Pan del Cielo, el único que sacia con eficacia. También nos venda las heridas que salpican el alma y el cuerpo. La celebración dominical se convierte en una necesidad y en un gozo del que no podemos prescindir. Su ausencia en nuestra vida: debilita la esperanza y enfría la fe.

Como aquellos discípulos tampoco podemos quedarnos extasiados y apartados de nuestro mundo. La Santa Misa nos ayuda a volver al valle de lágrimas con renovados esfuerzos y percibiendo que el camino de la vida no lo andamos solos. Un maravilloso caminante nos guía y prepara la mesa cuando desfallecemos. El mundo precisa hombres y mujeres que alimentados con el cuerpo de Cristo quieran allanar el sendero para tantos que vagan sin rumbo fijo, para tantos que no encuentran el consuelo de una ruta de paz y amor.

Ramón Carlos Rodríguez García, sacerdote

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