el cristianismo, aventura de amor

 

         San Pablo explica en la 2ª lectura el móvil de su vida apostólica: Nos apremia el amor de Cristo. Ha experimentado el amor que ha movido a Jesús en su obra y quiere corresponder con amor. Es consciente de que Cristo ha muerto por todos, porque desde la encarnación se hizo hombre, solidario de todos los hombres y su representante natural ante Dios Padre. Así todas sus obras tienen carácter solidario y representativo. Por ello Pablo afirma que en su muerte todos hemos muerto. Ha muerto en la cruz por amor y su ofrenda ha sido aceptada por el Padre, que lo resucitó. Con su muerte y resurrección nos ha abierto un camino que nos lleva a Dios Padre, consiguiendo el perdón de nuestros pecados. Es la mayor posibilidad existencial de felicidad que se ofrece a la humanidad, ser hijos de Dios, una nueva criatura. Pero es necesario que cada persona se entere de esta obra de Cristo y responda a ella, y por eso Pablo se entrega al apostolado para que cada persona se entere de que por ella ha muerto con Jesús y viva ahora esta realidad para después compartir también su resurrección… Esto mueve su vida apostólica y por ello ve a toda persona, no con ojos humanos, como de tal raza o de tal profesión o categoría humana, sino con ojos apostólicos, como una persona por la que ha muerto Cristo. Su deseo es que cada uno le corresponda, aceptándolo y viviendo para el que murió y resucitó por ellos, embarcándose así en una aventura de amor. Amor con amor se paga.

 

         La vida cristiana es una aventura de amor, Cristo ha dado su vida por cada persona y cada persona vive para Cristo por amor, dándole también su vida en la situación concreta en que la desarrolla. Pero Cristo ha querido que vivamos esta aventura unidos con todos los demás hijos de Dios, pues todos, hijos adoptivos del mismo Padre, formamos una gran familia, la Iglesia.

 

Vivimos esta aventura embarcados en la barca de Pedro, camino del puerto de la felicidad plena y final de aventura, que es compartir la resurrección gloriosa de Jesús, a quien hemos entregado la vida y que ha querido acompañarnos en la travesía. Como en toda aventura, hay incógnitas en el camino, dificultades e incluso tempestades, que hay que superar ayudándonos mutuamente y especialmente con la ayuda de Jesús. Pero sucede a veces que arrecia la tempestad, parece que la barca se hunde y Jesús no se entera, está dormido. ¿Se está hundiendo la Iglesia? De este particular nos habla el relato evangélico de hoy. En aquella ocasión, Jesús calmó la tempestad, pero recriminó a sus discípulos la falta de fe: « ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?» Ya deberían tener una fe fuerte en Jesús, convencidos de su poder salvador, pero todavía no tienen esta confianza.

 

A nosotros también nos acompaña en la barca Jesús resucitado, el que tiene todo poder y nos prometió: Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación del mundo (Mt 28,20). Igualmente hoy navegamos entre tempestades y vientos contrarios de tipo cultural, político o en un mar en calma chicha de indiferencia que nos hace temer que la barca se hunde y no tiene futuro. La fe en Cristo que nos acompaña tiene que ayudarnos a vencer estas dificultades y seguir navegando animosos hacia el puerto. La reflexión sobre toda la historia de la Iglesia debe ayudarnos a convencernos de esta verdad. A pesar de todas las tempestades sufridas, la Iglesia sigue adelante. Los discípulos, en aquella ocasión, se preguntaban: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen! Como dice la 1ª lectura, nosotros sabemos y confesamos que es el señor de la creación, el que mandó al mar: "Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas"».

 

Él también calma ahora las tempestades. Lo que está en cuestión no es si la barca llegará o no llegará a puerto, que llegará. Vendrá el reinado pleno de Dios. Lo que está en cuestión es la fidelidad de cada uno correspondiendo a la obra de Jesús. Por ello es fundamental fortalecer la vida de fe y amistad con él.

 

Jesús siempre nos acompaña, pero hay momentos fuertes y uno de ellos es la celebración de la Eucaristía. En ella alienta nuestra fe y esperanza de que lleguemos al puerto, pues es presencia sacramental de Cristo resucitado que nos une al Padre, y, por otra parte, nos alimenta para seguir bregando.

 

Primera lectura: Job 38,1.8-11: Aquí se romperá la arrogancia de tus olas.

Salmo responsorial: Sal 106,23-24.25-26.28-29.30-31: Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Segunda lectura: 2 Chor 5,14-17: Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.

Evangelio: Mc 4,35-40: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

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