Primera Lectura: Isaías 43,18-19.21-22.24b-25. Yo hago un mundo nuevo: ya está en marcha.

Salmo 40,2-5.13-14. Sáname Señor, porque he pecado contra ti.

Segunda Lectura: 2 Corintios 1,18-22 Jesús no fue “si” y “no”, sino que en él todo se ha convertido en un “sí”.

Evangelio: Marcos 2, 1-12. El hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.

 

LEVANTATE, TOMA TU CAMILLA Y ANDA…

 

Las lecturas de hoy nos invitan a comprender la fidelidad de Dios. Ante este gesto permanente los creyentes hemos de dar una respuesta también fiel. Isaías reprende al pueblo por haber olvidado su historia. No sólo han olvidado sus raíces, también la presencia de Dios en ellas. Al olvidar lo acontecido se sienten incapaces de poder interpretar el presente y reconocer la acción de Dios en sus vidas. Esta situación no debe perdurar y el profeta llama a abandonar la inconsciencia y valorar la presencia de Dios en medio de la comunidad.

 

Pablo subraya a los corintios esta fidelidad de Dios que en Jesús ha alcanzado un momento extraordinario. Si en el Señor no podemos encontrar doblez ni ambigüedad, los cristianos debemos vivir la misma coherencia.

 

En el Evangelio nos encontramos a Jesús otra vez en Cafarnaún. Un gentío se agolpa y reúne en torno a él. Su enseñanza queda interrumpida cuando cuatro hombres traen a un paralítico. Su osadía y coraje que no conoce obstáculos maravilla al Señor. San Marcos nos invita a detenernos en su acción. Acercan a Jesús a un hombre impedido. Su enfermedad le tiene sometido y en estado de total y continua dependencia de los demás. Su situación social y religiosa es muy delicada, probablemente rechazado, es ante todos un impuro y un pecador. Su enfermedad le delata y estigmatiza.

 

Es un momento clave para comprender la fidelidad de Jesús que trasluce la fidelidad de Dios. Si antes ha interrumpido sus palabras por la sorpresa ahora las dejará en el aire porque hay algo urgente que realizar. La vida de aquel hombre no puede esperar. Dios tiene urgencia ante el dolor y el pecado del hombre. El perdón es ofrecido al paralítico. Es el paso previo para sanarlo de verdad. Pero son muchos los que se resisten a los cambios. En una sociedad donde la exclusión era una norma de vida se ve con dificultad la integración de sus miembros.  Jesús rescata la dignidad oculta que anida en aquel hombre y que sus contemporáneos se resistían a ver. El signo de la curación, del perdón es el gesto del hombre. Él mismo coge su propia camilla, aquella que era símbolo de su mal. Ya no es ella quien le transporta, sino que como objeto inútil ahora es trasladada por el que es un hombre libre. La libertad ha nacido en él gracias a Jesucristo. Dios en Jesús es uno.  Toda su acción es a favor del hombre, de todo el hombre. 

   Que Dios nos bendiga y nos sane 
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