nos amó y se entregó por nosotros

         Estas palabras resumen toda la obra de Jesús y el espíritu cristiano. Somos frutos del amor de Cristo, que se concretó en la entrega de su persona con la que nos dio todo lo necesario para nuestra vida de hijos de Dios. En este contexto se enmarcan las lecturas de la liturgia de hoy.

         El evangelio presenta a Jesús haciendo el bien, curando y educando en la fe. La hemorroisa se acerca a él confiada en el poder mágico que emana de sus vestiduras y este la cura, pero además, forzando un diálogo con ella, le ayuda a pasar de la confianza mágica a la fe personal en él. De forma semejante Jairo creía en el poder de Jesús sobre la enfermedad, pero no sobre la muerte, pero este le ayuda a dar el paso y creer que el que puede curar, puede también resucitar. Son dos pasos que necesitan dar muchas personas que se consideran cristianas, vivir el cristianismo como una relación personal con Jesús y no de forma mágica, y como una entrega al que resucitó y nos resucitará, devolviendo al hombre su destino primitivo, que nos recuerda la primera lectura, pues Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y los de su partido pasarán por ella.

         El salmo responsorial invita a agradecer a Dios estos dones: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado. Y este agradecimiento, como nos pide la segunda lectura, se debe concretar en compartir con los necesitados, imitando la generosidad de Jesús, que siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza. San Pablo ha dado por terminada su misión en Europa central y, antes de abandonarla, quiere hacer una colecta entre todos los nuevos cristianos a favor de los cristianos pobres de Jerusalén como signo de comunión: la fe nos viene de ellos, y estos corresponden compartiendo sus bienes. Ellos expresan su comunión orando por estos y estos compartiendo sus bienes.

Pablo exhorta a compartir con generosidad, presentando la limosna como expresión de la entrega personal a Dios, como una liturgia existencial y como una gracia de Dios que invita a crecer en el amor concreto. ¿Cuánto? Pablo no lo dice sino el espíritu con que hay que hacerlo: con generosidad, en conciencia pero con alegría y sin angustias de conciencia, con equidad pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar. Una antigua praxis cristiana ofrece una norma orientadora, enraizada en la Sda Escritura, que habla de los diezmos, es decir, de compartir el 10% de las entradas totales de una persona, pero esto depende de la situación concreta de cada uno. Otra norma nos la da un antiguo escrito cristiano: la limosna debería sudar en tus manos mientras no reconozcas a quien se la deberías dar (Didajé, 1,6), es decir, puesto que en este campo se da el engaño, hay que procurar entregar nuestros bienes al que realmente los necesita o a las instituciones que los hacen llegar a los necesitados sin que se queden en manos intermedias.

         Toda celebración de la Eucaristía es celebración del amor y entrega de Jesús, en la que se nos invita a unirnos con nuestras vidas y nuestros bienes. La colecta que se realiza en ella y se coloca al pie del altar debe ser expresión de ello.

Primera lectura: Sab 1,13-15; 2,23-24: La muerte entró en el mundo por envidia del diablo.

Salmo responsorial: Sal 2.4.5.6.11.12a.13b: Te ensalzaré, Dios mío, porque me has librado.

Segunda lectura: 2 Cor 7.9.13-15: Vuestra abundancia remedia la pobreza que tienen los hermanos pobres

Evangelio: Mc 5,21-43: ¿Quién me ha tocado? Niña, levántate.

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