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Primera Lectura: Levítico 13,1-2.44-46. El leproso vivirá sólo…
Salmo 31, 1-2.5.11. Tú eres mi refugio…
Segunda Lectura: 1 Corintios 10, 31-11,1. Seguid mi ejemplo como yo sigo el de Cristo.
Evangelio: Marcos 1, 40-45. Le desapareció la lepra y quedó limpio. 

 Un hombre que tenía lepra…pero un hombre después de todo

La semana pasada la Palabra de Dios nos presentaba a los discípulos intentando retener a Jesús en el lugar donde había triunfado. Todos le buscaban, todos le querían. Habían encontrado en Jesús el aliento y la esperanza. Sin embargo, Jesús sabe que el mundo es un lugar poblado de dolor y miedo. Su itinerario es urgente y amplio, abarca a todos los seres humanos sin excepción. Toda aquella comunidad que perseguía a Jesús estaba incompleta. Jesús sale al encuentro de aquellos que ni siquiera tienen la posibilidad de acercarse a sociedad porque han sido arrojados de ella. La gran familia humana está rota cuando no reconoce a sus miembros. Aquellos a quienes negamos la dignidad de seres humanos, Dios nos los entrega como hijos suyos.

Este era el drama de aquel hombre con lepra, junto a su dolor y sufrimiento se le apartaba de toda participación en el mundo. Exclusión social, marginación religiosa…soledad. Un ser humano condenado a ser cosa. Un hombre no puede crecer de esta manera.  Las manos de Jesús, prolongación de su corazón se ponen otra vez en marcha. Cuando nuestras manos declinan la ayuda al necesitado, Dios muestra las suyas.

La osadía de aquel hombre obtiene su fruto. Le habían prohibido dirigirse a los demás. Rompe este muro terrible, formado con ladrillos de angustia, cuando descubre a Jesús. No se acerca de cualquier modo, se arrodilla y lo reconoce como el Señor. Todos le habían olvidado y despreciado. No era un ser humano para sus semejantes. Jesús no teme su contacto, muy al contrario lo desea. Dios no tiene asco de la miseria del hombre. Dios sana al hombre con tocarlo. El coraje del hombre con lepra encuentra un coraje similar en Cristo. También rompe las normas de pureza legal. Sus manos se encuentran con la carne maltratada. Su mirada busca aquellos ojos tan secos que han olvidado llorar, que no recuerdan el cariño y la bondad.

De repente miro mis manos, comprendo que están atrofiadas. Son hábiles con el ordenador, intentan serlo con la guitarra, pero no están bien entrenadas. Hombres y mujeres con diferentes “lepras” esperan poder enseñarme a usarlas bien. Dios me ha regalado unas manos, un corazón, fe y una Iglesia que me descubren el poder sanador de Dios, la dicha del encuentro con Cristo. Espero no olvidar que pueden acariciar a quienes no recibieron dulzura y alzar a los preferidos de Jesús, a aquellos a quienes de forma incansable buscaba por los desiertos y caminos de Palestina… del mundo.

Firman estas palabras las manos torpes de un sacerdote, Ramón Carlos Rodríguez García. 

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