cuando soy débil, entonces soy fuerte

En cada Eucaristía el Padre actualiza la entrega de su Hijo a nosotros y Jesús su entrega al Padre y a nosotros por amor, es decir, se actualiza el acontecimiento más importante de toda la historia, pero todo ello en la oscuridad de la fe y en contexto de pobreza de medios. Se procura celebrarla como corresponde a lo que es, una fiesta, con cantos, con participación activa por parte de los que comparten la celebración, pero al final, si no hay una fe viva, se cae en la rutina. Y es que la Eucaristía es una celebración de la fe, que supone la fe y la alimenta. El único modo de evitar la rutina es la fe consciente de lo que se está celebrando y de la forma concreta de participar, uniendo mi vida al sacrificio de Cristo y uniéndome en verdadera “comunión” a él. Cuando Jesús nos enseñó a orar en el Padrenuestro, nos dijo que, después de invocar al Padre, lo primero que tenemos que hacer es alabarlo: “santificado sea tu nombre”. Por eso no tiene sentido decir que la Eucaristía “no me dice nada”, porque no tiene que decir nada. En ella no vamos a un concierto ni a un teatro sino a una alabanza.   De esta forma la celebración de la Eucaristía es signo de la aparente “debilidad” de la vida cristiana.

Las lecturas de la misa tienen la finalidad de prepararnos e ilustrar lo que celebramos. Las de hoy precisamente coinciden en la temática de la debilidad de la vida cristiana con pobreza de medios y frecuencia del rechazo. La primera recuerda la vocación del profeta Ezequiel, a quien Dios envía a su pueblo, invitándolo a la conversión, a pesar de que prevé que no le harán caso. El relato de san Marcos nos recuerda el fracaso de Jesús en su patria chica: todos están de acuerdo en que habla de forma extraordinaria, a pesar de no haber recibido una formación especial, y de que hace milagros. El hecho se puede explicar de dos formas: o porque es el Mesías, enviado y capacitado por Dios, o porque está endemoniado, como explican los escribas (cf. Mc 3,22). El primer caso implica que Dios ha querido actuar en la debilidad por medio de uno de sus paisanos, respetando así la libertad humana, y no de forma triunfalista, violenta y aplastante como esperaba la opinión popular, amante de lo espectacular. Por este motivo y también por no poca envidia, propia de una mentalidad pueblerina, rechazan esta explicación y creen que está endemoniado. Jesús lo comenta como el rechazo del profeta por parte de familiares y paisanos. Finalmente san Pablo alude a su debilidad, tanto de salud personal como de medios apostólicos, y se alegra de ella, porque así se pone de relieve que quien obra es la fuerza de Cristo, que actúa por medio de la pobreza de sus enviados.

La debilidad es la condición de la vida cristiana, debilidad de los que trabajan en la vida apostólica, de los medios de que disponen y en los resultados. Hay que aceptarlo sin desanimarse y actuar con ánimo, sabiendo que Dios es el protagonista y que la cosecha final está asegurada con la resurrección de Jesús. Nuestra tarea no es asegurar el triunfo final del reinado de Dios, que es tarea de Dios y ciertamente se realizará, sino invitar al mayor número posible de hombres a tomar parte en él, por medio de la conversión. Y la conversión es tarea personal, que implica un cambio de vida, por lo que no son infrecuentes las posturas de rechazo o de excusas para dar el paso o de indiferencia. La conversión exige un contexto de libertad y amor, y le que estorban los medios coercitivos y triunfalistas.  

Primera lectura: Ez 2,2-5: Son un pueblo rebelde; sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.

Salmo responsorial: Sal 122,1-2a.2bcd.3-4: Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.

Segunda lectura: 2 Cor 12,7b-10: Presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.

Evangelio: Mc 6,1-6:  No desprecian a un profeta más que en su tierra.

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