Primera Lectura: Job 7, 1­4.6­7. ... Sólo tengo noches de dolor.
Salmo 146.
Alabad al Señor que sana los corazones quebrantados
Segunda Lectura: 1 Corintios 9,16­19.22­23. ¡Ay de mí si no anuncio el evangelio!
Evangelio: Marcos 1,29­39.
Curó a muchos enfermos de diversos males.

Una familia en apuros

La semana anterior nos asombrábamos junto con la multitud de la enseñanza de Jesús. La Palabra de Dios nos traslada hoy desde la sinagoga a un humilde hogar, desde un ámbito público a un entorno privado. Una mujer sufre, se trata de la suegra de Simón. Están preocupados y con mucha delicadeza se lo hacen saber a Jesús. Esta confianza en el Señor es para nosotros una guía perfecta que articula nuestra oración. También debemos transmitir al Maestro la preocupación por aquellas realidades de dolor e injusticia que percibimos en nuestro ambiente. El dolor de los hombres y mujeres no puede resultarnos indiferente. La oración impregnada de seguridad en Jesús es un bien que no debemos ignorar. El mismo Jesús muy de madrugada , antes de amanecer, se levantó y salió, se fue a un lugar solitario y estuvo orando allí. La intimidad con el Padre, la obediencia a su voluntad y la preocupación por la humanidad son claves necesarias para comprender las acciones de Jesús. Todo bautizado debe seguir también este itinerario.

Este episodio breve pero intenso subraya tres momentos que desvelan el proceder de Cristo e iluminan nuestro camino de discipulado. El primero de ellos es el de coger la mano de la enferma. Sus benditas manos la arrancan de las garras del mal. Esas manos que partirían el pan, las mismas que bendecían a los niños, las que fueron taladradas en la cruz, habían aprendido y eran ya, consumadas maestras en humanidad y amor. Nuestras manos deben estar también siempre tendidas como las de Jesús. Ellas deben saber infundir ánimo y acoger al otro, imitando aquel gesto maravilloso. La segunda acción es levantarla de su estado de postración y debilidad. Utiliza el evangelista el mismo verbo que emplea en otras ocasiones para manifestar la resurrección, tanto de otras personas como la de Jesús. Esta curación nos muestra el anticipo de la curación definitiva que sana de los grandes males del pecado y la muerte: la resurrección. La tercera acción procede en este caso de la mujer. Su reacción es inmediata, se puso a servirles. No es un gesto meramente hospitalario. Es la actitud del creyente que repite la manera de ser de Cristo.

Jesús extiende esta sanación a toda la comunidad sufriente. Tras una intensa actividad y un pequeño descanso se retira al desierto para orar. Es en la oración donde encuentra la fuerza y el aliento del Padre, para continuar con su misión. Mientras tanto los discípulos no comprenden y quieren que vuelva al lugar del triunfo y del éxito. La urgencia del Reino y su predicación lleva a Jesús hacia otros lugares. Para eso ha salido, para encontrarnos.

Dejémonos encontrar por Él. La vida llama a nuestra puerta.

Ramón Carlos Rodríguez García, sacerdote

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