el amor como respuesta al don de la fe

La persona de Jesús tiene capacidad para alimentar existencialmente, dando sentido a la vida. Así se nos recordaba el domingo pasado. La liturgia de hoy continúa este tema afirmando que para aceptar a Jesús es necesaria la fe (evangelio) y que esta aceptación debe llevar a una vida de servicio (segunda lectura). Así la fe en Jesús es alimento existencial que capacita para llegar a la meta, como el pan que recibió Elías (primera lectura).

         La visión del firmamento estrellado nos acompaña desde pequeños. La humanidad desde siempre lo estudia con interés y cada día tenemos más conocimientos en función de las sondas y de los telescopios que se envían al espacio. Con todo, somos conscientes de que el firmamento sigue siendo un misterio y que aún tardaremos siglos en conocerlo mejor. Y si esto sucede con una realidad creada, ¿qué decir de Dios, que nos transciende totalmente? Es posible conocerlo porque el mismo Dios, que nos ha creado y destinado a compartir su vida, nos ha dejado medios para ello, pero todos ellos solo se perciben a través de la fe y con las disposiciones debidas. Aquí no bastan los simples razonamientos humanos.

Jesús afirma que es el pan de vida, que ha bajado del cielo. Los nazaretanos responden a la afirmación de Jesús de forma racional: ¿cómo puede decir que ha bajado del cielo si conocen a sus padres? Jesús les había dado pistas con sus signos para hacerles pensar de otra forma, pero se aferran a su pensamiento. Por eso les habla de otro tipo de conocimiento que es un regalo de Dios, la fe: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día”. Jesús nos dice que nuestra fe es un regalo que le ha hecho el Padre, que nos ha puesto a todos en sus manos, y que él no dejará nunca a los que el Padre le ha regalado sino que los acompañará hasta darles a cada uno la vida eterna. Por eso Jesús es pan de vida, porque unidos a él los creyentes alimentan sus deseos de infinito y recibirán vida eterna, en un proceso que ya ha comenzado.

         La fe es un regalo, el Padre nos atrae a Jesús. Dios creador ha dotado a sus criaturas de inteligencia y libertad, capaces de conocer y dominar este mundo y además ha puesto en su corazón una puerta especial, la apertura a lo trascendente, un hambre de felicidad infinita que no puede saciar ninguna criatura. Sobre esta puerta actúa Dios Padre ante el hombre libre atrayéndolo a Jesús, haciendo apetecible su aceptación. Así, respetando su libertad, el hombre aprende la enseñanza de Dios. Se trata de una atracción agradable y liberadora que ofrece a todo el mundo, pues quiere la salvación de todos (1 Tim 2,4), aunque nosotros no sepamos quiénes son los que realmente responden. El término de la atracción es Jesús, el Dios-hombre, la única persona capaz de enlazar la humanidad con la divinidad y darnos la vida eterna. Pero existe el peligro de cerrar la puerta a la trascendencia y hacernos insensibles a la atracción de Dios. Es lo que sucede con algunas malas disposiciones, como son absolutizar los bienes pasajeros, incapacitando a la persona para desear lo trascendente, querer que Dios actúe de acuerdo con criterios de grandeza humana (escándalo de Nazaret, Jn 6,41 cf Mc 6,1-6a par), buscar la gloria humana, la vanidad y el orgullo (Jn 5,41.44). La autosuficiencia es enemiga de la fe. Para llenar un vaso es necesario previamente vaciarlo. La aportación básica del hombre es creer, dejarse hacer por Dios, como el niño, que es el destinatario privilegiado del Reino.

San Pablo nos concreta en la segunda lectura que tenemos que vivir en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor. El que atraído por el Padre se ha puesto en manos de Cristo, tiene que vivir como él, en un amor que se concreta en la entrega a Dios y a los hermanos.

Los que celebramos la Eucaristía hemos sido atraídos por el Padre y somos creyentes en Jesús con la tarea de vivir la entrega a Dios y a los hermanos. En esta Eucaristía lo agradecemos. Para facilitarnos esta vivencia, el mismo Jesús ha querido convertirse sacramentalmente en pan, en la Eucaristía que estamos celebrando. El es el alimento que nos ayudará a llegar a la meta, como el pan que comió Elías.

Primera lectura: 1 Re 19,4-8: Con la fuerza de aquel alimento caminó Elías hasta el monte de Dios

Salmo responsorial: Sal 33,2-3.4-5.6-7.8-9: Gustad y ves qué bueno es el Señor

Segunda lectura: Ef 4,30: Vivid en el amor como Cristo

Evangelio: Jn 6,41-51: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo

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