La Eucaristía es alimento verdadero y necesario

El Evangelio continúa las enseñanzas de Jesús sobre el pan de vida, comenzadas hace dos domingos. El pan de la vida es él, en cuanto que transforma y da sentido a la vida. Hoy continúa diciendo que este pan se nos da en la Eucaristía y precisa cómo alimenta la Eucaristía y además que es un alimento necesario. El relato viene acompañado en la primera lectura por uno de Proverbios, que invita a participar de este banquete, que da la verdadera sabiduría, y otro de san Pablo en la segunda, que concreta cómo debe vivir sabiamente el que participa en el banquete, haciendo la voluntad de Dios y dando siempre gracias.

Jesús afirma que la Eucaristía es verdadero alimento, en cuanto que reúne todo lo necesario para mantener y crecer en la vida, que es lo propio de todo alimento. Hay diversos tipos de alimentos según los diversos tipos de vida, unos son aptos para la vida vegetal, otros para la animal, otros para la humana. ¿Y para la vida cristiana? Si esta proviene de la unión a Cristo resucitado, en quien estamos injertados por la fe y el bautismo, el alimento no puede ser otro que el mismo Cristo resucitado, en quien nos sumergimos en la celebración de la Eucaristía.

Jesús explica además cómo alimenta: “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Alimenta en la medida en que se entra en comunión con él. La palabra “comunión” expresa muy bien lo que sucede: se llega a una intimidad mutua con Jesús, que fortalece la unión que ya creó el bautismo. Ahora bien, el Jesús al que nos unimos es un Jesús dinámico, no estático, es Jesús en su realidad pascual, el que ha muerto y resucitado, el que está eternamente entregándose al Padre e intercediendo por todos sus hermanos los hombres. Esto significa que en la Eucaristía nos unimos a la muerte y resurrección de Jesús, ofreciendo nuestra vida al Padre por medio de él. La Eucaristía es un baño en el Cristo pascual, que alimenta la vida pascual, que es la propia de todo cristiano.

Jesús das una última razón de la Eucaristía como alimento: él posee la fuente de la vida que es el Padre, por ello estar unido a Jesús es compartir con él esta fuente de vida, de felicidad y plenitud: “El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.” Jesús es el Hijo del Padre que está totalmente volcado al Padre, la fuente del amor y la vida. El que entra en comunión con Jesús participa de esta fuente.
         La Eucaristía es además alimento necesario, no se trata de un lujo espiritual que se puede permitir una persona sino de una necesidad real para alimentarse y llegar a la plenitud: “Os aseguro que si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros, el que come tiene vida eterna, (porque) yo lo resucitaré en el último día”. De aquí la necesidad de la participación frecuente, al menos dominical.

Esto exige digerir la Eucaristía, como en toda comida. Podemos ser “tragones de formas consagradas” que no alimentan si no se digieren adecuadamente. La Eucaristía no es una comida mágica, que obra sin contar con la persona. Tiene su efecto propio, pero cuenta con la participación de la persona. La primera exigencia es estar en estado de comunión con Jesús, es decir, en gracia de Dios. Es imposible que el que se encuentre en estado de ruptura con él pueda unirse a él si previamente no se arrepiente y pide perdón. Otra exigencia en esta línea es llevar una vida en “estado pascual”, en estado de muerte y resurrección, es decir, una opción de amor a Dios y al prójimo, dando muerte a todo lo negativo que lo impide y esforzándose por todo lo positivo. Este estado pascual implica una clara opción por la unidad, inseparable de una vida consagrada al amor. Este es el tipo de vida que alimenta el Cristo pascual que recibimos en la Eucaristía. Una buena digestión implica comunión personal con Jesús, estableciendo una relación personal con él, de persona a persona, compartiendo sus sentimientos y deseos, lo que implica igualmente unirse a su entrega al Padre.

En la segunda lectura san Pablo concreta que la Eucaristía es, por una parte, el alimento que ayuda a vivir sabiamente, haciendo en cada momento la voluntad de Dios -el banquete que alimenta la sabiduría, como dice la primera lectura­- y, por otra, la gran acción de gracias agradable al Padre

Por todo ello la Eucaristía es culmen y centro de la vida cristiana. Todo ello implica una preparación previa, una remota, viviendo en “estado pascual”, otra inmediata, leyendo las lecturas y preparando la renovación de nuestra entrega al Padre por medio de Jesús. Lo normal es celebrarla desde la oscuridad de la fe y esto exige preparación remota e inmediata para evitar la rutina.

Primera lectura: Prov 9,1-6: Comed de mi pan y bebed del vino que he mezclado.

Salmo responsorial: Sal 33,2-3.16-17.18-19.20-21.22-23: Gustad y ved qué bueno es el Señor

Segunda lectura: Ef 5,15-20: Daos cuenta de lo que el Señor quiere

Evangelio: Jn 6,51-58: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida

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