COMENTARIO AL EVANGELIO.
DOMINGO DE LA III SEMANA DE ADVIENTO.

¡Alegrate! Con estas palabras saludaba el ángel a la Virgen María antes de anunciarle la dicha de ser la madre del Salvador. Así en medio del Adviento contemplábamos la figura de María en la gran solemnidad del al Inmaculada Concepción. Hoy, en este tercer Domingo de Adviento, Domingo “Gaudete” nos volvemos a alegrar porque el nacimiento del redentor está ya próximo.

El evangelista San Juan nos invita a contemplar hoy la figura de Juan el Bautisa, el mayor de los nacidos de mujer. Se puede decir mayor elogio de cualquier persona. No. Pero cierto es que el Bautista ya desde su misma concepción fue elegido por Dios para ser grande. A su padre Zacarías se le paralizó la lengua y estuvo mudo hasta que puso Juan a su hijo en lugar de Zacarías como era la costumbre. El hijo de Zacarías e Isabel, la pariente de la Virgen María (como nos relata el evangelista Lucas) ya salto de gozo en el vientre de su madre ante la visita de María. Así su vida, esta unida a la vida del Redentor.

El pueblo de Israel por medio de los profetas y alentado por ellos buscaba cumplir con la promesa hecha por Dios a su padres. Anhelaban al Salvador y los profetas exhortaban al pueblo a vivir conforme a la Ley y en espera del Mesías salvador. Pero Juan el Bautista es la mayor de los profetas. Él es el enlace entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre el pueblo de Israel y el nuevo pueblo de Dios; la Iglesia. El Bautista tenía clara su misión. Tras su predicación a la conversión y al bautismo de los pecados, muchos judíos lo tomaron por maestro y lo seguían, pero Él no era la luz. Él era el testigo de la luz, era el encargado de preparar el camino, allanarlo, quitar lo que estorba... para que llegara y fuera acogido el redentor. No duda el precursor en señalar al Mesías, que viene detrás de Él pero que existía antes que Él: Jesucristo el Señor.

El Mesías – afirma el evangelista – está en medio de vosotros pero no le conocéis. Ha tomado nuestra condición pero no le conocemos, no somos capaces de reconocerlo. Por eso como dice San Pablo, esta ha de ser nuestra alegría. El cristiano ha de caracterizarse por su alegría, porque el Salvador que viene tomo nuestra carne, para redimirla desde su mismo ser. Pero ¿somos los cristianos hoy personas alegres? ¿nuestra vida se caracteriza por la alegría? Sólo alcanzaremos esta alegría si realmente, en el fondo de nuestro corazón ACEPTAMOS LA SALVACIÓN QUE DIOS NOS OFRECE. La salvación es una oferta, pero para aceptar a hemos de prepara nuestro corazón al Redentor. Hemos de estar atentos, vigilantes... hemos de abrir bien los ojos, el oído y el corazón para que podemos conocer y reconocer al Salvador.

De la mano de María, que se alegra por el nacimiento próximo del Salvador del mundo, aprendamos a vivir la alegría de seguir a Jesucristo. Él es nuestro gozo, Él es nuestra esperaza, Él es el lleno del Espíritu de Dios nos trae la verdadera alegría: la AMISTAD con DIOS.

Antonio Jesús Martín Acuyo, párroco de Cuevas Del Almanzora.

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