la palabra de dios al servicio de la vida y del amor

Las diversas lecturas coinciden en hablar de la palabra de Dios. En la primera se la presenta como una presencia especial de Dios y se ordena respetarla, no deformarla ni añadirle nada extraño, y llevarla a la práctica; igualmente en la segunda se afirma su carácter dinámico, pues por medio de ella Dios nos ha dado una vida nueva, nos da normas para vivir de forma acorde con esta vida y urge la necesidad de practicarlas; finalmente en el evangelio Jesús ofrece criterios para su interpretación correcta: ha sido dada para la vida.

El relato evangélico recuerda un conflicto que se produjo debido a la forma de interpretar la palabra de Dios que emplean los fariseos y escribas. Un grupo de ellos critican a los discípulos de Jesús porque no se lavan las manos antes de comer. No se trataba de un lavatorio higiénico sino de tipo religioso. Los sacerdotes se lavaban las manos antes de orar para purificarse de toda impureza legal y muchos fariseos y escribas imitaban esta costumbre fuera del templo, no solo antes de orar sino también antes de comer, y presentaban esta costumbre como propia de las personas piadosas. Por eso critican que no lo hagan los discípulos de Jesús, que es lo mismo que criticar a Jesús, que según ellos se quiere hacer pasar como maestro religioso. Esto da pie a Jesús para criticar esta praxis y otras normas que proceden de una interpretación de la palabra de Dios inspirada en intereses egoístas humanos, como se ve en el ejemplo que pone.

Todo hombre está obligado al 4º mandamiento que manda cuidar de los padres ancianos y necesitados. Pero, ¿qué hacer si un hijo ha hecho voto de dar al templo el dinero de que dispone y más tarde descubre que sus padres están necesitados? Una sentencia recogida en la Tradición de los Padres (colección de sentencias dadas por los maestros prestigiosos del pasado) dispone que en este caso se debe dar el dinero al templo. Jesús critica la solución porque está inspirada en la avaricia de los sacerdotes responsables del templo y no en el amor a los padres, mandado por Dios. En este contexto critica igualmente el caso concreto de lavarse las manos, pues revela un interés desmedido por gestos externos, visibles y susceptibles de ser alabados, mientras descuidan lo interior, el corazón, que es lo esencial. Estos gestos externos solo buscan la alabanza humana, no la gloria de Dios. Realmente lo que agrada a Dios no es lo que entra de fuera comido con manos limpias sino lo que sale de un corazón limpio.

Para el mundo judío (y en el musulmán) hay alimentos impuros que no se pueden comer. Jesús elimina esta norma ritual del AT (Mc 7,19, que no aparece en el leccionario, cf. Col 2,16.21-23; 1 Tim 4,2-3), pues para Dios todos los alimentos son iguales y puros, ya que todos han sido creados por él y hay que tomarlos con acción de gracias. Lo importante no es lo exterior que entra por la boca sino lo que sale del corazón, el centro de la vida, que determina la bondad o maldad de una acción. Como dice el salmo responsorial solo lo que procede de un corazón puro llega hasta la presencia de Dios, solo lo que procede del amor a Dios y al prójimo es agradable a Él, por el contrario, lo que procede de un corazón egoísta, avaro, lujurioso, envidioso no llega a ninguna parte.

La palabra de Dios es uno de los tesoros que nos ha regalado Dios, que no sólo nos da vida nueva sino además nos dice cómo tenemos que colaborar con ella, viviendo en el amor. Como todo texto escrito tiene lugares claros y otros que necesitan interpretación, pero puesto que ha sido dada al servicio de una vida en el amor, es el amor el que tiene que inspirar todo tipo de interpretación. La palabra de Dios no es para machacar ni matar sino para animar y dar vida. Hay que leerla con un corazón sincero, pronto a escuchar todo lo que nos diga el Señor, y dentro del sentir de la Iglesia, a quien Dios ha confiado su Palabra y su auténtica interpretación.

En la celebración de la Eucaristía hay muchos elementos, pero lo importante es un corazón limpio, fruto de la conversión y del Espíritu Santo.

Primera lectura: Dt 4,1-2.6-8: No añadáis nada a lo que os mando...así cumpliréis los preceptos del Señor

Salmo responsorial: Sal 14,2-3.4-5: Señor, ¿Quién puede hospedarse en tu tienda?

Segunda lectura: Sant 1,17-18.21-22.28: Llevad a la práctica la palabra

Evangelio: Mc 7,1-8.14-15.21-23: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres

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