bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios

La palabra de Dios invita este domingo a fijar la mirada en el corazón, centro de la vida y de todas sus manifestaciones. En el relato evangélico Jesús de nuevo anuncia su pasión, muerte y resurrección y los discípulos no entienden, porque el corazón se niega a ello. Por su parte, la segunda lectura recuerda que del corazón podrido nacen las ambiciones y guerras y del corazón limpio la paz. Por eso Jesús en las bienaventuranzas alaba al que tiene un corazón limpio, porque todo lo que salga de él “verá a Dios”, es decir, todas sus acciones estarán inspiradas en el amor y servirán para la vida eterna. La palabra limpio en este contexto equivale a íntegro, que tiene todo lo que debe tener. Como el que pide en la carnicería lomo “limpio” desea que solo le den lomo, sin hueso ni grasas… El corazón nuevo que Dios nos ofrece solo está compuesto de amor a Dios y amor al prójimo, es decir, de filiación y fraternidad, todo otro aditamento, como la ambición, la envidia, el orgullo…, procede del mal.

En el Evangelio Jesús anuncia de nuevo su muerte y resurrección y los discípulos no entienden nada. Más adelante se explica la razón de no entender: estaban discutiendo sobre quién era el más importante. El evangelista invita con esto a plantearse cómo se conoce a Jesús, qué facilita el conocimiento y qué lo impide. Responde diciendo que los valores o antivalores que dominan en el corazón. En este caso concreto Jesús hablando de muerte y ellos hablando de honores... ¡imposible entenderse! Realmente es el entendimiento el que tiene capacidad de comprender, pero está fuertemente condicionado por los valores y antivalores del corazón: cada uno entiende lo que le conviene. Por ello, después de cada uno de los anuncios de la muerte y resurrección de Jesús, ninguno comprendido por los discípulos, Marcos expone enseñanzas de los valores que facilitan la comprensión y de los antivalores que la impiden. De entre todos ellos se subraya positivamente la necesidad de una decisión firme por Jesús – no jugar a seguirle- y negativamente el orgullo y la ambición.

La 1ª lectura confirma esta enseñanza. Presenta un grupo de impíos banqueteando y burlándose de los justos, que reprenden su vida con sus palabras y conducta. Viven de acuerdo con un corazón radicalmente equivocado y corrompido. Se ríen de su fe en Dios providente, que, como padre, cuida de sus hijos fieles. Por ello deciden poner a prueba la fe del justo, sometiéndolos a muerte ignominiosa, para ver si Dios los auxilia. Los cristianos lo leemos como profecía de lo que sería el final de Jesús, el Hijo por excelencia, que confió plenamente en la providencia del Padre, y este no le falló, lo resucitó.

Jesús ofrece una terapia para convertir el corazón; tener corazón de “niño” y esto se consigue a base de hacerse como y niño y servir al niño. El cristiano debe ser radicalmente humilde, consciente de su debilidad física y moral, por lo que evita la autosuficiencia y sabe depender de los demás y recibir su ayuda. No significa esto perder la autoestima, que es necesaria, sino valorarse en la justa realidad, ni más ni menos, y no andar en pos de grandezas postizas. “Quién no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc 10,15). Por otra parte, ha de servir al niño. En el relato de hoy Jesús besa al niño y lo coloca en el centro, el puesto de honor, enseñando que el pequeño tiene que estar en el centro de honor de la comunidad cristiana. “Quien quiera ser primero, que sea el último y el servidor de todos”.

La comunidad cristiana tiene que desechar todo tipo de honores humanos, porque no es una sociedad de honores e inciensos mutuos, sino una sociedad de servicios mutuos en la que la categoría de la persona se mide por su capacidad de servicio. Cuando Jesús habla de niño se refiere naturalmente a los niños, pero también a todo tipo de pequeños en la comunidad, pequeños en la fe y pequeños sociológicos. Todos ellos son destinatarios privilegiados de la misión de la Iglesia, como lo fue de Jesús. La opción por los pobres es connatural con la Iglesia. Al comienzo de curso es importante para todos plantearse el servicio a los niños y a todos los miembros débiles de la comunidad, los pobres sociológicos, el actual problema de los prófugos, y los débiles en la fe, necesitados de un acompañamiento paciente. En la medida en que lo hagamos, iremos conociendo al auténtico Jesús.

En la celebración de la Eucaristía nos unimos y compartimos el servicio de Jesús, el que da su vida por nosotros, el que se dirige especialmente a los “niños” y el que es ahora el primero porque en su ministerio terreno fue el último, hasta morir en la cruz.

Primera lectura: Sab 2,12.17-20: Lo condenaremos a muerte ignominiosa

Salmo responsorial: Sal 53 3-4.5.6.8: El Señor sostiene mi vida

Segunda lectura: Sant 3,16-4,3: Los que procuran la paz están sembrando paz y su fruto es la justicia

Evangelio: Mc 9,30-37: El Hijo del hombre tiene que ser entregado. El que quiera ser primero, sea el último y servidor de todos.

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