En este segundo domingo de Adviento nos hacemos eco del grito de Dios que recoge el profeta Isaías: “¡Consolad, consolad a mi pueblo!” Hay salida al desconsuelo, producido por el pecado y la infidelidad: “¡Está pagado su crimen!” Dios sigue fiel a su voluntad salvadora de salir al encuentro del pueblo, de hacer caminos en el desierto, de igualar valles y montes. Se necesitan voces que anuncien esta salvación. “Una voz grita en el desierto…”, se necesitan miradas que perciban esta realidad consoladora: “Mirad Dios, el Señor llega con fuerza…” Dios no da la espalda definitivamente al pueblo de Israel, desea revelar su gloria a todos los hombres. En el desconsuelo del pueblo de Israel vemos reflejado nuestros propios desconsuelos ante la realidad de pecado que atenaza nuestro vivir. Nuestra dificultad de sentirnos “rebaño reunido”, de dejarnos llevar en los brazos del pastor. “Como un pastor apacienta el rebaño, su mano los reúne. Lleva en brazos los corderos, cuida de las madres”. Nuestra dificultad para cargar con los hermanos más débiles y vulnerables, de cuidar a los demás.

En la carta de Pedro, hay una exhortación a vivir confiados en la promesa del Señor, una promesa de justicia, de cielo y tierra nuevos. Para entender esta promesa ha de dolernos la injusticia de nuestro mundo, el profundo foso que separa el mundo rico del mundo empobrecido; ha de dolernos el dolor de los hermanos. El consuelo que viene de nuestro Dios no es para unos pocos privilegiados. Sólo los que se hacen cercanos al sufrimiento de los hermanos lo pueden entender, y encuentran salida a su propio desconsuelo. Mientras anhelamos, oramos y trabajamos por ese cielo y tierra nuevos,  se nos pide la tarea de consolar y acompañar el sufrimiento del hermano.

En el Evangelio contemplamos al precursor. Juan el Bautista nos anuncia al que ha de venir con un bautismo de Espíritu Santo, que va más allá del perdón de los pecados, nos hace entrar definitivamente en la dimensión de los hijos amados del Padre. Esa es la experiencia que nos hace vivir con confianza, no obsesionados con nuestro valer, que tantas energías nos hace gastar y tanto destrozo provoca sobre nuestra relación con los demás. Podemos descansar en este sabernos amados  y acogidos incondicionalmente en las manos del Padre. Es la esperanza del adviento hacia la que caminamos.

Francisco Sáez Rozas. Párroco de El Ejido.
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