nos amó y se en entregó por nosotros

El amor es exigente. Jesús nos amó y entregó totalmente su vida por nosotros. El nos ha hecho hijos de Dios y nos ha transmitido su ADN con las características de amor exigente. Por ello en el Evangelio de hoy nos recuerda la necesidad de ser exigentes consigo mismo, evitando todo aquello que nos impida seguirle: Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga. Esta enseñanza viene encabezada por el anuncio de la muerte de Jesús. Va a dar su vida para que tengamos vida y, por ello, con todo derecho, nos pide que estemos dispuestos a defender la vida recibida, renunciando a todo lo que lo impida.

Un gran peligro que lo impide es el mal uso de las riquezas, señalado por Santiago en la 2ª lectura, amenazando con la condenación a los ricos que explotan a sus obreros con un salario injusto, invitando a luchar contra todo tipo de abuso del trabajador, invitación importante en esta época de paro abundante, que se presta a abusar de la persona necesitada de trabajar como sea.

Los bienes son buenos, creados por Dios, y necesarios para la vida, pero como medios y para todos. Son necesarios para mí y también para los demás. Por ello la palabra de Dios pone en guardia contra dos abusos, el considerarlos como fines y el quitarles su carácter social. En el primer caso los bienes se convierten en una idolatría, un dios al que se sacrifica la vida. Es un acumular por acumular, creyendo que los bienes salvan y esto sin reparar en medios, robando y pasando por encima de los derechos de los demás. Se olvida que sin dinero nacimos y sin dinero iremos a la tumba. En el segundo caso se conculcan los derechos de toda persona a disponer de los medios necesarios para vivir. Es legítima la propiedad privada, siempre que se respete su “hipoteca social”, es decir, siempre que se empleen en el legítimo provecho propio y en el de los demás.

Es importante constatar que este es uno de los primeros pecados que se denuncian en la Biblia y que, desgraciadamente, sigue vivo en nuestro mundo, donde impera la ley de la ganancia, sea como sea, sufra quien sufra. No importa llevar a cabo robos de “guante blanco”, sirviéndose de argucias legales ni tampoco realizar un negocio que va a dejar en el paro cientos de personas, lo importante es el dinero. Hoy día asistimos impotentes a una serie de abusos que han desacreditado al mundo político y económico a nivel mundial.

Ante esto el cristiano tiene que reaccionar, primero denunciando la situación, y después promoviendo la cultura de la honradez. Primero, denunciar la situación, como hacía Santiago en su tiempo. A veces asistimos al caso del que ha robado, ha sufrido un pequeño período de cárcel, y vuelve a casa a disfrutar todo lo robado. Humanamente da la impresión de que ha sido un buen negocio, que ha valido la pena. Pero como dice Santiago, ha olvidado que Dios es juez imparcial que le pedirá cuenta de todo: ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado. Vuestra riqueza está corrompida… El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza. Ante esto solo les queda una salida, la conversión, consistente, como dice Zaqueo, en devolver todo lo robado, y compartir los bienes legítimos con los necesitados (Lc 19,8).

Naturalmente, el mundo de la economía es un mundo complejo y no se puede simplificar. Por ello los cristianos debemos conocer la Doctrina Social de la Iglesia que nos ofrece pautas para guiarnos adecuadamente y poder denunciar todo lo que es contrario. Y esto es más urgente en cuanto que vivimos en un mundo, donde los medios de comunicación, dominados por una visión egoísta de la economía, realizan continuos lavados de cerebro, justificando la situación.

Por otra parte, hemos de cultivar la cultura de la honradez en lo pequeño. “El que es fiel en lo pequeño, será fiel en lo grande”, dice Jesús (Lc 16,10). El que no es honrado en lo pequeño, tampoco lo será si tiene la ocasión de administrar grandes cantidades. Es una hipocresía condenar un caso de corrupción política y a la vez “robar” en el supermercado o no pagar el iva de una compra o servicio o pagar mal y tarde al empleado… Lo primero que exige el ser cristiano es ser honrado.

Si tu mano te hace caer, córtatela. Jesús, el que nos ha dado una vida nueva, dando la suya, nos pide que seamos exigentes en el uso de los bienes. Podemos justificarnos con razones falsas y engañar a los demás, pero no a Dios, que tiene la última palabra sobre nuestra vida. Es un esfuerzo que vale la pena para la vida verdadera, la vida eterna.

La Eucaristía es comunión con el Cristo, el que se exigió a sí mismo, dando su vida por nosotros. Participar en ella es compartir esta disposición y pedir fuerzas para realizarlo, porque somos débiles.

Primera lectura: Núm 11,25-29: ¿Estáis celosos de mí? ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!

Salmo responsorial: Sal 18,8.10.12-13.14: Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón

Segunda lectura: Sant 5,1-6: Vuestra riqueza está corrompida

Evangelio: Mc 9,38-43.45.47-48: El que no están contra nosotros está con nosotros... Si tu mano te escandaliza, córtatela.

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